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El laberinto de la soberanía: por qué discutir de comunicación ya no alcanza para salvarnos

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José Ignacio Tellería reflexiona sobre la posibilidad de pensar el concepto de soberanía de una forma integral, con un organización de base que construya poder popular. 
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El Centro Cultural y de la Memoria Islas Malvinas de La Plata fue el escenario, hace pocas semanas, del Foro por la Soberanía Comunicacional. Organizado por la Red de Medios Digitales, el encuentro nació como una respuesta colectiva legítima ante las mutaciones tecnológicas y políticas que desguazan el mapa de la comunicación global y local. Sin embargo, el cruce de debates dejó flotando una incómoda certeza: la «soberanía» corre el riesgo de convertirse en una cáscara vacía, en un fetiche de la sobretematización que nos fragmenta en lugar de unirnos.

Vivimos en la era de los congresos estancos. Los periodistas nos encerramos a debatir soberanía comunicacional; los trabajadores de los servicios públicos discuten soberanía energética; los ingenieros van a lo suyo y las organizaciones rurales se concentran en la soberanía alimentaria. Cada faceta de la discusión tiene su tribuna, sus diagnósticos impecables y su propia parcela de militancia. El patrón se repite y el resultado es previsible: nos atomizamos adjudicando a quién le corresponde cada trinchera, mientras el enemigo real opera a otra escala.

soberanía comunicacional

De la fragmentación corporativa a la soberanía como estrategia de poder

Hay que mirar el mapa de frente y asumir una dolorosa verdad: estamos ante una derrota organizacional como pueblo. En este contexto de repliegue, la primera tarea honesta es desactivar el corporativismo de las ideas y entender que «construir poder» exige un método completamente distinto.

Lo que tenemos enfrente no es simplemente una fracción de gobierno de turno o una gestión hostil; respondemos a los intereses de capitales financieros globales que buscan depredar los recursos de nuestra región y reducir el valor de la fuerza de trabajo a su mínima expresión. Ese es el tamaño real de la amenaza.

Si no pensamos alternativas transversales para enfrentar esa fuerza destructiva, no va a haber soberanía de nada: ni comunicacional, ni energética, ni alimentaria.

Para dar esta pelea no podemos seguir pensando exclusivamente como periodistas, como agricultores, como dueños de pymes o como cooperativistas. Mientras sigamos refugiados en nuestras identidades de origen, seguiremos peleando cada uno por lo suyo. El capital global no ataca por sectores; destruye por completo el tejido social.

La urgencia tampoco se resuelve especulando de forma pasiva con ser el vagón de cola de una coalición de gobierno en 2027. Ninguna demanda sectorial se va a convertir mágicamente en un programa de transformación si las bases no tienen la capacidad de determinar el escenario político. No alcanza con esperar que un futuro gobierno nos conceda un lugar en la mesa; necesitamos una organización tan sólida que condicione el rumbo del próximo gobierno para que ejecute lo que el pueblo le exige.

Determinar la realidad exige un cambio de matriz mental. Si la economía social y solidaria, la agricultura campesina y el cooperativismo de comunicación no logran fusionar sus demandas en una estrategia política única y de poder real, seguiremos perdiendo por separado.

Es hora de dejar de tematizar nuestras debilidades en foros aislados y empezar a construir, desde las bases, la cabeza distinta que demanda una pelea distinta.

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