La violencia no nace en la escuela
En los últimos días, chicos y chicas estudiantes secundarios fueron noticia porque irrumpieron con mensajes y amenazas violentas en las escuelas, luego de la triste tragedia del pibe que llevó un arma en Santa Fe y mató a un compañero. Casi como con una broma de mal gusto, buscaron hacerse ver.
Esto, además de preocuparnos y conmovernos, nos interpela como comunidad y nos obliga a preguntarnos qué cosas están viviendo y pasando adolescentes y jóvenes, y por la naturalización de la violencia. Nos obliga a pensar que las escuelas no están aisladas de lo que pasa en el resto de la sociedad.
Violencia en las escuelas
Si desde las redes y las noticias ven que desde el Presidente al Jefe de Gabinete se alegran y hacen bromas ante las desgracias de la población, haciendo chistes de mal gusto, riéndose de un chico con autismo o denigrando a periodistas; diputados o economistas festejando desalojos de familias, etc. Si ellos lo hacen, por qué los jóvenes de las escuelas no lo van a repetir.
A muchas escuelas, los chicos van armados con facas o cuchillos. En muchas escuelas, la violencia, las peleas y los golpes son cada vez más frecuentes.
La mayoría de los y las docentes, pensamos a las escuelas como espacios de cuidado, de encuentro y de aprendizajes colectivos. Pero las desigualdades de la sociedad las atraviesan. Los discursos de odio que se ven en la tele y las redes la atraviesan.
La violencia no nace en la escuela. La escuela no produce violencia por sí misma. Allí, se expresa y se manifiesta. La escuela traduce, amplifica o intenta tramitar una violencia social más amplia. Y esa violencia social hoy está claramente intensificada. No es casual. Hay un clima de época que habilita, legitima y hasta celebra la agresión, la descalificación y la crueldad. Y los pibes y pibas son atacados y culpabilizados de todos los males que tiene la sociedad.
Pero la escuela está muy sola, sin herramientas o con pocas herramientas. Inmersas en una sociedad y una Ciudad de Buenos Aires en donde pretenden destruir toda organización colectiva, rompiendo todo lazo solidario, promoviendo el desarrollo individual y personal contra el desarrollo colectivo de la comunidad.
Escuelas y estudiantes que viven y padecen los más de 600 desalojos que hizo Jorge Macri, la falta de transporte para llegar a la escuela o el enorme desempleo de las familias y de los y las propias jóvenes.
Ante esto, los y las profes se sienten desamparados. Sin equipos de orientación escolar, sin equipos especializados en desarmar las violencias y teniendo que trabajar en muchas escuelas y cursos para llegar a fin de mes. Y esto pasa mucho más en las escuelas de Jóvenes y Adultos.
Ante las amenazas que hicieron los chicos en muchas escuelas, la respuesta del Ministerio de Educación es un punitivismo berreta, culpabilizando a las familias sin entender ni querer entender lo que pasa realmente.
Por esto, como educadores y educadoras populares tenemos que exigir acompañamientos reales desde el Estado. Pero también armar redes entre nosotros; sobre todo, tenemos que preguntarnos mucho.
Ante acontecimientos tan terribles como los de la escuela de Santa Fe o las amenazas masivas de tiroteo, necesitamos recuperar la virulencia amorosa, la rabia justa, de todas aquellas personas que, como decía José Martí, no buscaron cambios formales sino esenciales y estructurales. Es decir, pensar y trabajar en cambios reales.

El rol de la educación popular ante la crisis
Las Educaciones Populares y Cooperativas, Comunitarias nos animan a pensar el aula no sólo como un lugar o espacio físico donde se transmite contenidos, sino como un espacio de construcción de poder, de producción, de comunicación y de conocimiento.
Tenemos que seguir construyendo redes comunitarias de educación popular en donde podamos construir sumando y disputando valores y conocimientos. En donde podamos analizar, cuestionar y descartar aquellos mandatos provenientes de la matriz escolarizada tradicional y de esta sociedad fragmentada. Asumir que la educación nunca es neutral y que por eso es que resulta necesario entender e internalizar el carácter político y ético de la tarea de enseñar.
Desde las escuelas comunitarias, desde los Bachilleratos Populares, y también desde las escuelas formales, tenemos que animarnos a incluirnos en los procesos de organización popular de los territorios en donde estamos, comprometiéndonos socialmente en la lucha por las reivindicaciones y los derechos populares negados.
Esto va a requerir un ejercicio asambleario de base para construir entre todas y todos los procesos para volver a tomar la escuela como un lugar de conflicto y confrontación de concepciones sobre la sociedad y la educación, que toma forma en las pedagogías y metodologías populares y críticas con las que trabajamos.
Desde esa unidad -que debemos seguir construyendo- tenemos que hacerle entender al Gobierno y a nuestros propios compañeros y compañeras que cualquier reforma educativa sin el consenso de los docentes está destinada al fracaso. Nadie hace algo de lo que no está convencido o no sabe de qué se trata. Cuando esto pasa, los docentes hacen como que aplican la reforma.
Dentro de la fragilidad de las distintas experiencias territoriales, le seguimos disputando el sentido de la educación al poder. Porque las escuelas y principalmente las de Educación Popular de Gestión Social, Cooperativas y Comunitaria son, con sus fallas, un territorio claro de esa disputa. Son lugares para intervenir y construir de otra forma en donde el diálogo, la paciencia, la escucha y el acompañamiento siguen siendo cotidianos y fundamentales.
A pesar de las políticas del Gobierno Nacional y de la Ciudad, tratamos de crear condiciones individuales y colectivas para generar y construir el lugar social que nuestras comunidades necesitan y merecen.
Ante las políticas que hoy nos atraviesan, esta frase del filósofo y docente brasileño Paulo Freire nos impulsa a seguir trabajando porque sabemos que un mundo mejor es posible:
Tenemos la necesidad imperiosa de esperanzarnos contra toda desesperanza, no con una actitud de mera espera pasiva, sino con una esperanza activa que nos movilice a luchar contra todas estas formas de inhumanidad.
De este modo, esperanzarnos implica poder mirar esta crisis en su integralidad: en sus múltiples facetas, dimensiones y escalas. Y darnos cuenta de que, esa multidimensionalidad y complejidad, es desde donde podemos pensar escenarios de transformación.



