Yo sigo combatiendo: lo que Malvinas nos enseñó sobre organizarnos solos
Fui a Malvinas a los 18 años. Tres meses antes había ingresado al servicio militar obligatorio. No sabía bien dónde quedaban las islas. Me fui soldado raso y estuve los 74 días que duró el conflicto. Cuando volví, tenía 18 años y había vivido cosas que no le desearía a nadie.
Eso fue en 1982. Hoy, cuatro décadas y pico después, todavía tengo parte de mi jubilación judicializada. El Estado argentino no me reconoce dentro del Fondo Patriótico Malvinas Argentinas, el régimen que se creó en 1982 precisamente para quienes sufrimos las consecuencias de esa guerra. Ese expediente lleva 12 años sin resolverse. Por eso digo que yo sigo combatiendo, aunque la guerra terminó hace tiempo.
Lo que el Estado prometió y nunca cumplió
No digo esto con bronca. Lo digo porque es un hecho. Nunca tuvimos un reconocimiento del Gobierno en términos concretos: no hubo políticas públicas que garantizaran de forma integral nuestra salud, nuestro sustento, nuestro lugar en la sociedad como sobrevivientes. El reconocimiento que existió fue aislado. Y vino, sobre todo, de la ciudadanía. No del Estado.
Durante muchos años no hablé de esto. Creo que muchos de mis compañeros tampoco. Uno vuelve de una guerra, trata de reconstruir su vida, y en algún momento aprende a no pensar demasiado en lo que pasó. Si te ponés a pensar, te hace mal. Los recuerdos de ese tiempo a veces son pesados. Eso lo aprendí con el tiempo. Hay que tomarlo con calma, tener salud y seguir para adelante.
La mutual como respuesta concreta
En ese contexto, la Asociación Mutual de Protección Familiar (AMPF) fue para mí —y para muchos compañeros correntinos— algo concreto en medio de tanto vacío. La obra social y el servicio de ayuda económica son lo más importante, no solo en mi caso sino como una demanda histórica de los excombatientes y veteranos. No es un lujo. Es lo mínimo que necesitamos para sostenernos.
Pero la mutual no es solo eso. Con el tiempo entendí que lo más valioso está en otro lado: en el asociativismo como forma de volver a estar juntos.
Después de muchos años, volvimos a encontrarnos
Por mucho tiempo estuvimos perdidos. Cada uno en su pueblo, en su vida, cargando con lo propio. Antes estabas más aislado, solo. No sabías qué había sido de los compañeros con los que habías dormido en una trinchera.
El año pasado viajé a las islas junto a otros 11 excombatientes correntinos. Fue a través del Centro de Ex Combatientes de Malvinas (CESCEM) y el gobierno provincial, que llevan organizando estos viajes de sanación desde hace años. Más de 100 correntinos ya regresaron a las islas por esta vía.
En ese viaje conocí compañeros que habían estado en Malvinas al mismo tiempo que yo. No los conocía. Nunca nos habíamos cruzado. Hay compañeros que no conocía hasta ese viaje, tantos años después. Ahora puedo saludarlos.
Este año, en el acto oficial del 2 de abril en Ituzaingó, volví a ver a algunos de ese contingente de agosto. Nos dimos un abrazo fuerte. Un abrazo entre dos personas que hace un año atrás ni se conocían. Esa alegría es grande. No sé cómo explicarla de otra manera.
Lo que aprendimos organizándonos
Corrientes mandó a Malvinas a cerca de 1.854 soldados —alrededor del 8% del total de combatientes argentinos—, cuando la provincia representaba apenas el 2,5% de la población del país. Fuimos muchos. Y durante mucho tiempo, estuvimos muy solos.
La mutual y el asociativismo no nos devuelven lo que perdimos. No nos van a dar la pensión que el Estado nos debe ni van a borrar los recuerdos pesados. Pero nos dieron algo que no esperábamos: volver a tener compañeros. Volver a tener una red. Entender que no estamos solos en esto, aunque durante muchos años lo hayamos creído.
Yo sigo combatiendo. Pero ahora, al menos, no combato solo.



