Banderas de memoria colectiva y resistencia autogestiva

A 50 años de la última dictadura cívico-eclesiástico-militar, la memoria no puede ser un ejercicio estático ni un aniversario más en el calendario. Para quienes formamos parte de la Cooperativa El Zócalo, esta fecha es un punto de origen y una interpelación constante. Como hijo de padre y madre desaparecidos, me toca de manera personal, pero sobre todo nos convoca como colectivo de trabajo que nació, precisamente, para disputar el sentido de la historia.
Las banderas de esa generación las retomamos de otra manera desde la cooperativa que se fue desarrollando desde hace 25 años. Nuestra cooperativa no es un proyecto aislado del devenir histórico de nuestro país. En marzo de 2001, nacía El Zócalo. Éramos compañeros y compañeras que nos habíamos conocido en la agrupación H.I.J.O.S., unidos por la convicción de que los sueños de un mundo más justo no habían sido derrotados por la persecución, la tortura, el secuestro y la desaparición de una generación diezmada. Entendimos, ya desde entonces, que la mejor manera de retomar las banderas de nuestros padres y madres era a través de la construcción de entidades solidarias donde la dignidad del trabajo fuera el eje articulador.
Hace una década decidimos que ese compromiso debía plasmarse también en el papel. Así nació nuestro proyecto editorial, con el objetivo de publicar sobre lo que nos constituye: la memoria. Obras como Huellas, voces y trazos de nuestra memoria, Pañuelos en escena: teatro para no olvidar —con el prólogo de la querida Nora Cortiñas— o el registro fotográfico de los escraches de H.I.J.O.S. (en coedición con Monada), no son solo libros. Son testimonios de una identidad. En una de nuestras primeras notas editoriales escribíamos: «Nuestra memoria aparece como un arma poderosa contra los sicarios de turno que cuentan sus billetes con la rentabilidad que obtienen del olvido». Esa frase, lejos de perder vigencia, se resignifica en el presente.

Hoy, el panorama nos obliga a una vigilancia extrema. Si bien celebramos las más de 1.200 condenas logradas gracias a la lucha incansable de los organismos de derechos humanos, los familiares y el pueblo en las plazas y tribunales, sabemos que la impunidad no ha sido erradicada. Aún hay empresarios que financiaron el horror, militares que callan, apropiadores de bebés y civiles que caminan entre nosotros sin haber rendido cuentas. Todavía nos falta saber dónde están nuestros compañeros desaparecidos y restituir la identidad de los nietos que aún viven bajo el engaño.
Es imposible disociar el pasado del presente cuando observamos que el plan económico y social que hoy se intenta imponer desde el Gobierno retoma, en sus cimientos, las bases de aquel proyecto de la dictadura. La democracia que supimos construir y defender desde 1983 se pone hoy en cuestión frente a un plan represivo que se despliega contra los jubilados y mediante protocolos que intentan cercenar el derecho a la protesta.

En ese sentido, desde nuestras empresas recuperadas y nuestras empresas autogestionadas, venimos a proponer nuestra bandera que representa también tomar el destino del trabajo en nuestras manos. Y cuando decimos trabajo, lo concebimos como trabajo que nos constituye como sujetos. No decimos solamente trabajar ocho horas y olvidarnos, sino que decimos trabajo que nos constituye como personas pensantes, que ponemos creatividad en nuestras empresas, que tomamos, no solamente la empresa cooperativa en nuestras manos, sino que decidimos tomar nuestra propia vida como destino.
Existe un punto de unión y de reconstrucción. Y que vamos fortaleciendo a la democracia desde nuestras bases, con idas y vueltas. Son procesos que no son lineales. Hubo toma de empresas, ahora hay un retroceso en todos nuestros procesos. El cierre y deterioro permanente de las pymes, que incluye a cooperativas, pero creo que tenemos que hacer valer esa potencia. La potencia de tomar el destino de nuestras vidas en nuestras manos y no regalárselo a los gobiernos, a las empresas, a las plataformas. Hay una conexión directa entre esta decisión, y la decisión de toda una generación que en los 70 decidió levantar sus banderas y tomar la vida en serio.
Desde la autogestión, reafirmamos que no hay proyecto económico posible sin justicia social, y no hay justicia social sin memoria. Los sueños de nuestros compañeros siguen siendo nuestras banderas. Ante el silencio que algunos intentan imponer, nosotros levantamos la voz y el trabajo colectivo. Marchamos este 24 de marzo no solo para recordar, sino para fortalecer una democracia que debe ser custodiada por su pueblo.
Que digan dónde están. Juicio y castigo a todos los culpables.
30.000 compañeros detenidos desaparecidos, ¡Presentes!




