
La noticia pasó relativamente desapercibida fuera de los círculos especializados, pero revela mucho sobre el rumbo que el cooperativismo internacional busca adoptar durante los próximos años. La Alianza Cooperativa Internacional (ACI) determinó que el reciente Día Internacional de las Cooperativas 2026, celebrado el pasado 4 de julio, llevó como lema oficial “Cooperativas por un mundo en paz”. Esta definición no fue un hecho aislado, sino la piedra fundacional que comienza a perfilar las prioridades estratégicas del movimiento global tras el impulso que significó la celebración del Año Internacional de las Cooperativas 2025.
A primera vista podría parecer una elección simbólica. Sin embargo, detrás de esa consigna existe una lectura concreta del escenario internacional y una decisión política sobre el papel que las cooperativas pretenden desempeñar en un contexto global cada vez más complejo.
La ACI representa actualmente a organizaciones cooperativas de más de 100 países. Según datos de la propia entidad, el movimiento cooperativo reúne a alrededor de 1.200 millones de personas asociadas y está presente en prácticamente todos los sectores de la economía. Desde cooperativas agrícolas y financieras hasta empresas de energía, salud, vivienda y consumo, su alcance supera ampliamente la imagen tradicional que suele asociarse al sector.
La elección de la paz como eje de trabajo surge en un momento particularmente delicado. Durante los últimos años, los conflictos armados se multiplicaron en distintas regiones del planeta. Al mismo tiempo, la inseguridad alimentaria afecta a cientos de millones de personas, las migraciones forzadas alcanzan niveles históricos y las tensiones comerciales entre grandes potencias están redefiniendo el funcionamiento de la economía global.
Para la ACI, estos procesos no pueden analizarse únicamente desde una perspectiva diplomática o militar. La organización sostiene que muchos conflictos tienen raíces económicas vinculadas con la desigualdad, la exclusión y la concentración de oportunidades. Desde esa mirada, el fortalecimiento de modelos económicos participativos aparece como una herramienta capaz de contribuir a sociedades más estables y resilientes.
La posición no es nueva dentro de la historia cooperativa, aunque ahora adquiere una relevancia distinta. Desde su creación en 1895, la ACI ha promovido principios vinculados con la democracia económica, la participación de los asociados y el desarrollo comunitario. Lo novedoso es que esos valores comienzan a ser presentados como parte de una respuesta frente a desafíos globales que exceden el ámbito empresarial.

La paz positiva como respuesta a la crisis global
El giro estratégico de la ACI implica un cambio de paradigma: la paz no es la mera ausencia de conflictos armados, sino la presencia de justicia social y económica. Frente a una geopolítica global fragmentada por tensiones comerciales y guerras bélicas que desestabilizan los mercados, el cooperativismo propone construir estabilidad desde el territorio.
Cuando la gestión es democrática y la riqueza se distribuye, se erosionan las bases materiales de la violencia. Así, garantizar la soberanía alimentaria, el trabajo digno y el acceso a los servicios esenciales se convierte en la herramienta más efectiva para edificar sociedades resilientes.
La discusión adquiere especial importancia porque llega inmediatamente después del Año Internacional de las Cooperativas 2025, impulsado por las Naciones Unidas. La iniciativa permitió que gobiernos, organismos multilaterales y entidades de la Economía Social y Solidaria colocaran nuevamente al cooperativismo en el centro de los debates sobre desarrollo sostenible.
Durante ese proceso, la ACI insistió en que las cooperativas no deben ser vistas únicamente como actores económicos. También reivindicó su capacidad para generar empleo estable, fortalecer comunidades locales y ampliar la participación ciudadana en la toma de decisiones económicas.
Las cifras ayudan a entender la magnitud del fenómeno. De acuerdo con el World Cooperative Monitor, las 300 cooperativas y mutuales más grandes del planeta generan en conjunto más de 2,4 billones de dólares en facturación anual. Se trata de una escala comparable al producto bruto interno de algunas de las principales economías mundiales.
Sin embargo, la relevancia del sector no se mide solamente por su volumen económico. En numerosos países, las cooperativas constituyen actores fundamentales para garantizar el acceso a servicios financieros, comercialización agrícola, energía eléctrica, salud o vivienda. En muchos territorios rurales cumplen funciones que ni el Estado ni las empresas privadas logran cubrir plenamente. La nueva agenda de la ACI parece orientarse precisamente a poner en valor la capacidad de construir tejido social.

El termómetro latinoamericano y el escudo asociativo
Esta discusión tendrá su despliegue y debate central en la próxima Conferencia Global y Asamblea General de la ACI, prevista para realizarse en septiembre en Panamá. El encuentro reunirá a dirigentes cooperativos, gobiernos, organismos internacionales y especialistas de distintos continentes para debatir sobre los desafíos que enfrenta el movimiento en una etapa marcada por la transición energética, la digitalización de la economía y las transformaciones del empleo.
La elección de América Latina como sede tampoco es casual. Si bien la región no atraviesa los conflictos bélicos de alta intensidad que marcan a otras zonas del planeta, sufre de manera estructural otra forma de violencia: la de la desigualdad, la exclusión económica y el impacto del cambio climático en las comunidades más vulnerables.
Frente a estas realidades, el cooperativismo latinoamericano ha demostrado ser un verdadero escudo social y democrático. En los territorios rurales, las cooperativas de la agricultura familiar y los pequeños productores de alimentos no solo sostienen las economías regionales, sino que garantizan el arraigo y frenan las migraciones forzadas.
En los entornos urbanos, las cooperativas de trabajo, la autogestión y las experiencias de vivienda y consumo tejen redes de contención donde el mercado formal excluye y el Estado muchas veces no llega.

Encuentro de ACI en Panamá 2026: donde el Sur Global define su agenda
La cita en el istmo panameño adquiere entonces un peso geopolítico estratégico. Históricamente un punto de encuentro y tránsito de culturas, Panamá se transformará en el espacio donde el Sur Global podrá sentar las pautas de la agenda post-2025.
Las organizaciones del continente llevarán a la Asamblea General experiencias concretas de resistencia frente a la concentración de la riqueza, demostrando que la transición digital y las transformaciones del empleo pueden gestionarse de forma asociativa. La agenda sectorial buscará demostrar que las respuestas a las crisis globales no vendrán de las recetas centralizadas de las grandes corporaciones, sino de la capacidad de las comunidades para gestionar sus propios recursos en paz.
Convertir una consigna en una agenda concreta exigirá demostrar que las cooperativas pueden aportar respuestas efectivas frente a problemas complejos y de escala global. Pero la señal enviada por la ACI es clara: tras el hito de las celebraciones globales y el reciente festejo del Día Internacional de las Cooperativas, el movimiento no pretende limitarse a conmemorar su historia. Busca influir activamente en la discusión sobre el tipo de desarrollo económico y social que marcará las próximas décadas.




