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La paradoja cooperativa de Estados Unidos, Israel y la Argentina en la ONU

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El sorprendente voto argentino en la Asamblea General de la ONU rechazando la resolución que promueve y poné en valor a las cooperativas, saca a la luz una contradicción ineludible que se expresa en distintas dimensiones.

(ANSOL).- La reciente votación en la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), en su 62° sesión plenaria, dejó al descubierto una contradicción difícil de explicar. La resolución “Las cooperativas en el desarrollo social”, un texto que reconoce y promueve el rol de estas entidades como herramientas probadas de inclusión económica, desarrollo territorial y cohesión social, fue aprobada por una mayoría abrumadora: 179 países votaron a favor. Solo tres Estados se opusieron. Entre ellos, Argentina.

El dato no sería particularmente llamativo si no fuera porque el país gobernado por Javier Milei comparte ese rechazo con Estados Unidos e Israel, dos naciones cuyo entramado productivo, financiero y social está profundamente atravesado por el cooperativismo. La paradoja es evidente: los tres países que votaron en contra cuentan con algunos de los sistemas cooperativos más desarrollados, diversos y dinámicos del planeta.

La resolución en cuestión no introduce obligaciones coercitivas ni plantea un modelo económico alternativo. Por el contrario, recoge la experiencia acumulada durante el Año Internacional de las Cooperativas 2025 y exhorta a los Estados a fortalecer el ecosistema empresarial cooperativo, reconociéndolas explícitamente como “empresas comerciales sostenibles y pujantes”. El texto impulsa, además, la inclusión financiera, el acceso a la vivienda, el desarrollo rural y urbano equilibrado, y la revisión de marcos normativos para facilitar su crecimiento, competitividad y autonomía.

ONU
En rojo, los únicos tres países el mundo que votaron contra las cooperativas.

¿Desaire o desconocimiento?

Que Argentina haya decidido votar en contra generó sorpresa en el sector cooperativo local. No solo por el peso específico que estas entidades tienen en la economía nacional, sino también por el simbolismo político: la Alianza Cooperativa Internacional (ACI), una de las organizaciones no gubernamentales más grandes del mundo, que representa a unas 1.200 millones de personas, está presidida por un cooperativista argentino, Ariel Guarco. El gesto diplomático implica un desaire innecesario y un desconocimiento explícito de una realidad profundamente arraigada en el país.

Las cifras oficiales son elocuentes. En Argentina existen más de 15.000 cooperativas activas, que nuclean a unos 18 millones de asociados y generan empleo para cientos de miles de personas. En su conjunto aportan más del 12% del PBI nacional, con un fuerte impacto en las economías regionales.

En cuanto al tipo de entidades, predominan las cooperativas de trabajo por cantidad; pero cumplen un rol estratégico las de servicios públicos, vivienda, crédito y producción agropecuaria, entre numerosos sectores.

Esta medida de la política internacional del gobierno argentino llega en un contexto en el que desde el oficialismo se impulsa una modificación de la legislación educativa que elimina la obligatoriedad de contenidos cooperativos y mutuales, actualmente contemplada en la Ley Federal de Educación. También se propone incluir a estas organizaciones en el impuesto a las ganancias, cuando hoy están exentas al entenderse que no generan “ganancias” sino excedentes repartibles: en las cooperativas esos excedentes ya tributan en cabeza de los asociados cuando corresponda, mientras que en las mutuales no existe distribución de excedentes.

Ariel Guarco
Ariel Guarco, actual presidente de la Alianza Cooperativa Internacional.

El cooperativismo en EE. UU. e Israel

La contradicción no es exclusiva del caso argentino. En Estados Unidos, el cooperativismo constituye un pilar discreto pero decisivo de la vida económica. Existen decenas de miles de cooperativas que operan en casi todos los sectores: desde el sistema financiero —con más de 4.500 cooperativas de crédito— hasta la provisión de energía eléctrica en zonas rurales, pasando por grandes empresas agroindustriales organizadas bajo el modelo cooperativo. Se estima que alrededor de 150 millones de personas son miembros de alguna cooperativa en el país, una cifra que da cuenta de su masividad y legitimidad social. Resulta difícil conciliar ese entramado con un voto que rechaza una resolución que simplemente reconoce su valor.

Israel, por su parte, es uno de los casos históricos más emblemáticos del cooperativismo a escala global. Los kibutzim y los moshavim no solo moldearon la economía agrícola del país, sino que fueron piezas centrales en la construcción del Estado y en la conformación de su tejido social. A ello se suman cooperativas financieras y una tradición sindical-cooperativa impulsada desde comienzos del siglo XX por la Histadrut, que integró producción, trabajo y organización social. En Israel, el cooperativismo no es una nota al pie: es parte constitutiva de su historia económica y política.

En ese contexto, el rechazo conjunto de Estados Unidos, Israel y Argentina a una resolución de consenso internacional deja más preguntas que respuestas. ¿Se trata de una objeción técnica al texto, de una postura ideológica frente a cualquier mención multilateral al desarrollo social, o de un alineamiento automático que ignora realidades nacionales concretas?

En el caso argentino, el contraste es particularmente fuerte. El rechazo a una iniciativa que promueve herramientas probadas para el desarrollo económico y la inclusión social choca de frente con la experiencia cotidiana de miles de comunidades que encuentran en la forma cooperativa una vía de organización, producción y supervivencia. Más que una definición pragmática, el voto parece expresar una decisión política que desconoce —o decide ignorar— uno de los entramados más extendidos y resilientes de la economía nacional.

Cargando mapa de cooperativas…

Fuente: Este mapa muestra el ecosistema cooperativo global. Datos cartográficos del Cooperative World Map (CWM).

La paradoja queda expuesta: tres países con una historia cooperativa profunda optaron por negar, en el plano internacional, aquello que sostienen —y de lo que se benefician— puertas adentro. En tiempos de crisis económicas recurrentes y de búsqueda de modelos productivos sostenibles, el gesto no solo resulta difícil de explicar; también deja a la diplomacia argentina pagando un costo simbólico innecesario, en nombre de una coherencia ideológica que no resiste el peso de los hechos.

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