Democratizar el poder: las preguntas que el 8M le hace al cooperativismo

El valor del 8M como referencia cultural y simbólica está relacionado con eso: con la capacidad de parar un poco y pensar si ponemos en practica lo que creemos justo. No se trata solo de conmemorar, sino de interpelar nuestras prácticas colectivas.
En el mundo cooperativo esta reflexión tiene una dimensión especial. El cooperativismo nació con la vocación de dignificar el acceso a recursos, tan básicos como el alimento cotidiano, y se consolidó con la premisa de construir organizaciones justas y democráticas. Pero entonces aparece una pregunta inevitable: ¿Estamos logrando que esa vocación democrática se exprese también en la distribución del poder dentro de nuestras propias organizaciones?
La fecha, de algún modo, nos obliga a mirar hacia adentro. ¿Quiénes ocupan los espacios de conducción? ¿Quiénes hablan en las reuniones? ¿Quiénes toman las decisiones estratégicas?
La participación y las brechas pendientes del 8M
En los últimos años se han producido avances importantes. Cada vez hay más mujeres participando, formándose y asumiendo responsabilidades dentro del movimiento cooperativo y de la economía solidaria. Muchas entidades vienen impulsando políticas activas para promover la equidad de género en los espacios de liderazgo a nivel internacional tambien.
De todas maneras, cuando miramos de cerca, todavía aparecen muchas brechas. En muchos casos, las mujeres siguen estando muy presentes en la base, en los momentos de crisis, en el territorio, en el trabajo cotidiano de las cooperativas, en las tareas de gestión y organización… pero sub representadas en los puestos de conducción.
Ahí aparece otra pregunta incómoda pero necesaria: ¿El problema está en la voluntad de poder o participación de las mujeres o en cómo está estructurada nuestra sociedad?

Desafíos y asignaturas pendientes
Muchas veces el problema no es el ambiente organizacional, sino en las condiciones sociales que todavía recaen de manera desigual sobre las mujeres: la carga de los cuidados, las expectativas culturales, los tiempos disponibles para participar en espacios de decisión.
Hoy, además, esta discusión se cruza con otro tema que atraviesa a todas las sociedades: la crisis de los cuidados.
¿Quién cuida a los niños, a las personas mayores, a quienes atraviesan enfermedades o situaciones de dependencia? Durante mucho tiempo esa responsabilidad se resolvió de manera silenciosa dentro de los hogares, y fundamentalmente sobre los hombros de las mujeres. Pero ese esquema llegó a un límite. Las familias cambiaron, los tiempos laborales se transformaron y las comunidades empiezan a preguntarse cómo organizar socialmente esa tarea esencial. En ésto, el cooperativismo tiene una enorme oportunidad: pensar soluciones colectivas para los cuidados, reconociendo que sostener la vida también es parte de la economía.
Otra transformación profunda: la revolución tecnológica vinculada a la inteligencia artificial. Este cambio está transformando como trabajamos, producimos y tomamos decisiones. Pero también plantea nuevas preguntas sobre quiénes participan de ese proceso. Si la tecnología se diseña y se implementa sin diversidad de miradas, existe el riesgo de reproducir viejas desigualdades en formatos nuevos. Por eso también es clave preguntarnos qué lugar ocupan las mujeres en la conversación sobre el futuro
tecnológico de nuestras organizaciones y comunidades.
En el caso de las cooperativas de servicios públicos, esta discusión toma mucho más sentido. Los servicios que prestamos —energía, agua, conectividad— son justamente los que organizan la vida cotidiana de las personas y las comunidades. Son infraestructuras que sostienen las tareas de reproducción de la vida: cocinar, cuidar, estudiar, trabajar desde el hogar, sostener a una familia. Si nuestras organizaciones administran aquello que hace posible la vida diaria, entonces resulta evidente que necesitamos más mujeres en los espacios donde se definen estas cosas.
Las cooperativas necesitan diversidad de miradas para enfrentar las urgencias de este tiempo: transición energética, innovación tecnológica, sostenibilidad social en un contexto de profunda crisis económica en nuestro país, donde las estadísticas nos muestran como las familias estan cada vez mas endeudadas y donde sabemos que la pobreza tiene rostro de mujer (según la ONU, el 70% de los pobres a nivel mundial son mujeres).

8M: el cooperativismo como motor de igualdad
Entonces creo que la tarea no es solo “sumar mujeres”, sino repensar las formas de conducción: ¿Cómo organizamos los tiempos de participación? ¿Cómo formamos a nuevas dirigentas? ¿Cómo generamos y visibilizamos trayectorias de liderazgo dentro del movimiento cooperativo?
Y en un momento en que comienzan a aparecer discursos que intentan responsabilizar a la autonomía y el protagonismo de las mujeres por fenómenos sociales complejos —como la baja en la natalidad— conviene volver a otra pregunta fundamental: ¿No será que la verdadera discusión debería centrarse en cómo construimos sociedades donde formar una familia, trabajar, participar y desarrollarse no sean caminos que se excluyan entre sí?
Tal vez el valor más profundo del 8M sea justamente ese: recordarnos que el cooperativismo no nació para administrar la desigualdad, sino para transformarla. Y que esas transformaciones no ocurren solas. Se construyen con decisiones colectivas, con entidades que se animan a revisarse y con comunidades que entienden que la igualdad no es una consigna, sino una práctica cotidiana.
Por eso queda abierta una pregunta final: ¿Qué tan coherentes somos con nuestros valores y principios cuando miramos quiénes ocupan los lugares donde se decide el rumbo de nuestras organizaciones?



