¿Cómo llegamos hasta acá?

Nos preguntamos menos de lo necesario ¿cómo llegamos hasta acá? Por momentos parece haber pasado una eternidad. Pero no. Apenas transcurrieron seis años desde aquellas noches de marzo de 2020 en las que salíamos a balcones, ventanas y veredas a aplaudir a médicos, médicas, enfermeros y enfermeras que luchaban cuerpo a cuerpo contra la pandemia. «Argentina aplaude» era mucho más que una consigna: era un bálsamo colectivo, una emoción compartida, una demostración profunda de humanidad y comunidad. Más de una vez nos encontramos llorando mientras ese aplauso nos unía en medio del miedo y la incertidumbre.
Entonces, ¿cómo llegamos hasta acá? ¿En qué momento pasamos de abrazar la solidaridad a naturalizar la crueldad? ¿Cuándo empezamos a mirar para otro lado frente a la destrucción de derechos laborales, los golpes a jubilados y discapacitados, el congelamiento salarial, el aumento desmedido del transporte, la quita de subsidios, la eliminación de beneficios sociales, el cierre de miles de pequeñas y medianas empresas y la pérdida de cientos de miles de puestos de trabajo?
No fue de un día para otro. Entre aquel aplauso colectivo y esta Argentina del sálvese quien pueda hubo un bombardeo constante. Una maquinaria de disciplinamiento cultural y mediático que trabajó las veinticuatro horas para instalar el odio, banalizar lo absurdo y erosionar los valores más elementales de la convivencia humana. Se sembró desconfianza hacia la solidaridad, hacia la justicia social, hacia la política, hacia el Estado y hacia toda idea de comunidad organizada.
En ese proceso aparecieron las marchas antivacunas, el terraplanismo, los discursos anticiencia y anti educación pública. Nos fueron empujando sistemáticamente al desprecio por la política. Se estigmatizó a quienes luchan, a quienes reclaman, a quienes organizan. Se transformó al militante social, al trabajador organizado, al «colectivista» y al que piensa diferente en una amenaza, en un «virus», en un enemigo interno.
Desde las grandes usinas del pensamiento dominante se repitió una y otra vez la prédica del odio y el rechazo a lo colectivo. Había que degradar la idea misma de lo público para instalar como única salida el individualismo extremo, el mercado como religión y el «cada uno se salva solo» como filosofía de vida.
Pero incluso en medio de ese escenario, la realidad sigue demostrando que los pueblos no vivimos únicamente de consumo, competencia y resentimiento. Cuando aparecen causas nobles y convocantes, volvemos a encontrarnos. Esta misma semana, salimos millones a las calles con alegría, con banderas, con esperanza, para defender la educación pública y exigir algo básico y profundamente democrático: que el gobierno respete la ley y garantice el derecho a estudiar, enseñar y construir futuro.
Esa misma energía colectiva no nació anoche. Lleva décadas construyéndose en silencio desde las bases más profundas de la sociedad argentina. Las cooperativas, las mutuales, las federaciones de entidades solidarias en las que milito y desde las que trabajo cada día son la prueba más contundente de que el pueblo argentino nunca dejó de organizarse, aunque el relato dominante se empeñara en hacerlo invisible.
Mientras se instalaba el culto al individuo exitoso, más de diez millones de personas en todo el país seguían resolviendo su salud, su trabajo y su acceso a servicios a través de estructuras de ayuda mutua. La Economía Social, Solidaria y Popular no es una nostalgia romántica: es una arquitectura concreta y vigente de resistencia colectiva que sostiene a comunidades enteras cuando el mercado las abandona y el Estado se retira.
Ahí está el camino. En volver a encontrar las piezas que nos unen. La causa Malvinas. La defensa de nuestros jubilados y personas con discapacidad. La salud pública. La educación pública. La ciencia y la industria nacional. El trabajo digno. El campo produciendo junto al desarrollo nacional. Un Estado fuerte, capaz de articular, equilibrar y defender los recursos soberanos que pertenecen a todos. Un Estado garante de derechos humanos y constructor de igualdad.
Todo lo que nos una tiene que ocupar un lugar central en nuestras propuestas. Y esas propuestas deben transformarse en plataformas colectivas llevadas adelante por las mejores mujeres y los mejores hombres de cada barrio, cada ciudad, cada provincia y cada comunidad organizada. Porque necesitamos volver a pensarnos en clave de proyecto nacional, con una mirada continental y profundamente humanista.

Tenemos que escapar colectivamente de esta Argentina del odio y recuperar la alegría de militar causas nobles. Recuperar el afecto, la ternura y la empatía como motores políticos. Volver a sentir orgullo de construir junto a otros. La naturaleza de las cooperativas y las mutuales.
Porque los procesos políticos pasan. Los gobiernos pasan. Javier Milei también pasará. Pero la Argentina seguirá de pie. Y seremos quienes la queremos, quienes la defendemos y quienes nunca dejamos de creer en ella los que tendremos la tarea y el honor, de reconstruirla para las grandes mayorías.



