Ciencia popular en Uruguay: la cooperativa Entrebichitos transforma residuos en vida

La Cooperativa de Trabajo Entrebichitos, actualmente operativa en el Polo de Economía Circular de Pando (departamento de Canelones, Uruguay), ha escalado un proyecto de biotecnología social que transforma la gestión ambiental en los sectores populares. Lo que comenzó como una respuesta escolar ante el desborde de pozos sépticos en el barrio Borro de Casavalle (Montevideo), hoy es una solución sistémica apoyada por el Ministerio de Industria, Energía y Minería (MIEM) uruguayo. A través del uso de Microorganismos Eficientes Nativos (MEN), la entidad produce biofertilizantes y recupera agua apta para riego, logrando una reducción del 96 por ciento en coliformes fecales de residuos líquidos.
El respaldo del MIEM, materializado en el Premio Uruguay Circular 2025, ha sido fundamental para consolidar la infraestructura de la cooperativa. Este impulso estatal permite que una tecnología desarrollada desde el aula se transforme en una herramienta de bioeconomía circular, donde los residuos dejen de ser un foco infeccioso para convertirse en un recurso productivo. La organización, integrada por maestros, vecinos y exalumnos, opera bajo una estructura de cuatro dimensiones —producción, ciencia, comunidad y educación—, asegurando que el conocimiento científico permanezca como un bien social y no como una mercancía privada.

El espejo del cooperativismo escolar argentino
La experiencia de Entrebichitos encuentra un eco directo en el vigoroso movimiento de cooperativas y mutuales escolares de Argentina. Un ejemplo concreto es el de la Mutual Escolar de Laborde, en la provincia de Córdoba, donde estudiantes de nivel secundario gestionan sus propios proyectos asociativos para resolver necesidades de su comunidad educativa. Al igual que en el caso uruguayo, estas iniciativas nacidas en el aula no se limitan a la teoría, sino que aplican los valores de la ayuda mutua para generar soluciones reales, demostrando que la escuela pública es la incubadora natural de organizaciones capaces de transformar el territorio.
Este vínculo entre educación y autogestión es el eje que une ambas orillas del Río de la Plata. Mientras que en Uruguay el proyecto Entrebichitos demuestra la viabilidad de la soberanía tecnológica popular a través de la biotecnología, en Argentina, recientemente, la Confederación Argentina de Mutualidades (CAM) y la Fundación UICE lanzaron la 6ta edición del Seminario de Mutualismo Escolar, una iniciativa que, al igual que el proyecto uruguayo, busca brindar herramientas de la Economía Solidaria a equipos directivos y estudiantes para transformar su realidad territorial. Este tipo de formación es la que permite que ideas nacidas en el aula, como la captura de bacterias nativas en Casavalle, escalen hacia formas de organización cooperativa profesionalizadas.
También el sector educativo nucleado en federaciones como FECEABA defienden el conocimiento y propiedad colectiva y el rol social de estas instituciones frente a las presiones impositivas actuales. La relación es clara: la escuela pública es la incubadora natural de soluciones autogestionadas que, con el acompañamiento adecuado del Estado y el movimiento asociativo, pueden liderar la transición hacia modelos económicos más justos y sostenibles.

Biotecnología y soberanía tecnológica
El proyecto de biofertilizantes de Entrebichitos no es solo una mejora ambiental; es una declaración de autonomía. Al desarrollar microorganismos propios en lugar de importar cepas comerciales costosas, la cooperativa asegura que la tecnología sea accesible y replicable en otros territorios vulnerables. Este enfoque de «soberanía tecnológica» es vital para la región, permitiendo que la ciencia sea un motor de dignidad para los trabajadores y no una barrera de entrada.
La consolidación de esta planta en el Polo de Economía Circular de Pando (Canelones) representa el salto de la escala experimental a la industrial. Habilitada formalmente para sistematizar la producción, esta infraestructura permite que la captura y activación de microorganismos, antes artesanal, se transforme en un proceso de bioeconomía a gran escala. Este hito es una validación del modelo asociativo: con el apoyo técnico y financiero del Estado, la cooperativa no solo garantiza el saneamiento en barrios populares, sino que genera biofertilizantes para el sector agroindustrial, demostrando que la soberanía tecnológica puede nacer en un aula y escalar hasta convertirse en una unidad productiva clave. Esta experiencia ofrece una hoja de ruta para las organizaciones de la economía popular en Argentina, demostrando que la gestión de residuos y la producción de insumos biológicos pueden estar en manos de la comunidad organizada, generando trabajo genuino y saneamiento ambiental de manera simultánea.



