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El legado de un Papa que evangelizó en la economía del bien común

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Las claves de un Papa que vinculó el espíritu cooperativo con las necesidades del mundo.

(ANSOL).- A los 88 años, en Roma y sin haber regresado a su país natal desde que asumió el pontificado, murió el Papa Francisco. Con él, se apaga una de las voces más lúcidas y comprometidas con una ética económica centrada en el ser humano.

Su pontificado no solo quedará inscrito en los anales de la historia de la Iglesia como el primer nuestroamericano en ocupar el lugar de Papa, sino también en el corazón de los movimientos sociales, que encontraron en su palabra un aliento para seguir construyendo alternativas solidarias.

Entre esos caminos, el cooperativismo ocupó un lugar especial: fue, para Francisco, no solo una herramienta económica, sino una expresión concreta de fraternidad. Jorge Mario Bergoglio conocía de cerca el mundo cooperativo. Nacido en Argentina, un país donde las cooperativas y mutuales tienen raíces profundas en la organización de los servicios, la producción, el trabajo y la vida comunitaria, comprendía desde su experiencia pastoral que la economía solidaria no es una entelequia, sino una lucha diaria por la dignidad.

El Papa y la cultura del descarte

A lo largo de su pontificado, el Papa defendió con convicción el modelo cooperativo como una respuesta ética a la crisis del capitalismo global, al que acusó de dejar tras de sí una «cultura del descarte«.

En un discurso en Bolivia en 2015, el Papa Francisco elogió el modelo cooperativo como proveedor de economías productivas para los pobres, contrastándolo con prácticas explotadoras. También mencionó a las cooperativas de crédito como ejemplos de la aplicación del principio de subsidiariedad, destacando su papel en la inclusión financiera local frente a la exclusión de las finanzas globales.

En uno de sus discursos más emblemáticos, ante la Confederación Italiana de Cooperativas en 2019, Francisco pronunció una frase que resume con claridad su pensamiento: «Cuando el capital se convierte en ídolo y dirige las opciones del hombre, cuando la avaricia de dinero preside todo el sistema socioeconómico, arruina la sociedad, condena al hombre, lo convierte en esclavo». En contraposición a este paradigma, reivindicó el valor de las cooperativas, subrayando que «una verdadera cooperativa, fiel a sus principios, no persigue el beneficio indiscriminado, sino que equilibra la necesidad de eficacia con la solidaridad«.

Estas palabras no son ajenas a la Doctrina Social de la Iglesia, pero bajo su conducción adquirieron un nuevo vigor. Desde Rerum Novarum hasta Caritas in Veritate, la tradición católica ha reflexionado sobre las formas de organización económica justas. Francisco retoma ese legado y lo proyecta hacia los márgenes de un mundo cada vez más desigual. Su enfoque fue más allá de lo doctrinal: puso el cuerpo, la palabra y la mirada en los rostros de quienes luchan día a día por una economía con alma, una economía a escala humana.

Cultura del encuentro

Francisco insistía en la necesidad de construir una «cultura del encuentro«, entendida como una disposición activa a reconocer al otro, dialogar con las diferencias y tejer comunidad desde la diversidad. Esta propuesta cobra una fuerza particular en el ámbito cooperativo, donde la toma de decisiones compartida, la solidaridad y la organización democrática crean las condiciones para que ese encuentro sea posible y cotidiano.

Las cooperativas no solo producen bienes y servicios: producen comunidad. En ellas, el vínculo humano no es un obstáculo, sino el corazón de todo proceso. Así, en tiempos de fragmentación y aislamiento, se presentan como espacios privilegiados para practicar esa cultura del encuentro que Francisco proponía como camino hacia una sociedad más justa, fraterna y sostenible.

En sus múltiples intervenciones, el Papa sostuvo que las cooperativas representan una forma de trabajo en la que «uno más uno no es dos, sino tres», porque la sinergia del encuentro humano multiplica las posibilidades. En ellas, el trabajo no es una mercancía, sino un derecho y una vía para la realización personal y colectiva. Su apoyo a los procesos de recuperación de empresas por parte de los trabajadores fue explícito: los «workers buyout», dijo, son ejemplos de creatividad social que «transforman la crisis en oportunidad«.

La casa común del Papa

Papa

La noción de «casa común«, tan central en la encíclica Laudato Si’, atraviesa profundamente su visión y dialoga de manera natural con el espíritu cooperativo. Para Francisco, cuidar el planeta no es solo una tarea ecológica, sino un imperativo ético que implica transformar nuestras relaciones económicas, sociales y culturales.

Francisco también se ocupó de mencionar el valor de las cooperativas en el campo de las energías renovables y la agricultura sustentable, reconociendo su contribución a sectores esenciales. También ha hecho referencia a la «Fundación The Economy of Francesco» y su objetivo de promover una economía más justa y sostenible, donde el Papa ve a las cooperativas como encarnando el espíritu de una nueva visión económica.

El establecimiento de la iniciativa «The Economy of Francesco» y la inclusión de las cooperativas dentro de su alcance señalan la visión a largo plazo del Papa Francisco para fomentar un movimiento global por el cambio económico donde los principios cooperativos sean centrales para crear una economía más inclusiva, sostenible y centrada en las personas, involucrando particularmente a los jóvenes en este proceso transformador.

Las cooperativas, al priorizar el bien común sobre el lucro individual, encarnan esta responsabilidad con el ambiente y la comunidad. Su lógica de producción sustentable, de trabajo digno y de arraigo territorial refleja aquello que él pedía con insistencia: una conversión ecológica integral, donde el cuidado de la tierra vaya de la mano con el cuidado de los más vulnerables. En ese sentido, las cooperativas no solo gestionan recursos, sino que cultivan vínculos, defienden territorios y sostienen vidas.

Globalizar la solidaridad

Pero más allá de lo económico, Francisco intuyó que en el corazón del cooperativismo late una antropología distinta. Una visión del ser humano como ser relacional, vinculado, necesitado de los otros no solo para sobrevivir, sino para vivir con sentido. Por eso llamó a «globalizar la solidaridad«, convencido de que las cooperativas no son solo estructuras productivas, sino constructoras de comunidad.

Al instar a las cooperativas a ser motores de desarrollo para los débiles, protagonistas del nuevo bienestar y promotoras de una economía de la honradez, Francisco ofreció una hoja de ruta para que el movimiento de la economía solidaria continúe desempeñando un papel fundamental en la construcción de sociedades más justas, solidarias y sostenibles en el siglo XXI.

Su constante referencia a la importancia de la cooperación para vencer la soledad y fomentar el desarrollo comunitario subraya su profunda comprensión de las necesidades humanas y el potencial de las cooperativas para satisfacerlas de manera integral.

El legado del Papa Francisco

Hoy, con su muerte, el movimiento cooperativo y mutualista pierde un aliado que supo ofrecer respaldo espiritual y legitimidad ética. Su legado permanece. Sus palabras y gestos seguirán alimentando las utopías de quienes, desde lo cotidiano, siembran otra economía posible.

En este 2025, Año Internacional de las Cooperativas, quizá el mayor homenaje que se le pueda rendir sea este: seguir apostando, con convicción y ternura, por una economía al servicio de la vida capaz de construir comunidad. Y preguntarnos, una vez más, como lo hacía él: «¿Para qué sirve un sistema económico si no pone en el centro al ser humano, especialmente al más débil?».

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