Memoria Activa: 3 referentes del mutualismo que construyeron desde los escombros de la dictadura

Hay una historia que el movimiento de la Economía Social, Solidaria y Popular argentina no siempre cuenta en voz alta. Es la historia de una generación que antes de integrar mutuales, pasó años en cárceles de la última dictadura cívico-militar. Una generación que militó cuando militar tenía un costo enorme, que resistió el desmantelamiento sistemático de las organizaciones populares y que, al salir en libertad, encontró en el asociativismo la continuación natural de algo que nunca se había interrumpido del todo: la voluntad de organizarse con otros para transformar la realidad.
Este escrito es sobre cómo las experiencias de represión, encarcelamiento y resistencia colectiva dejaron una impronta organizativa, ética y política en quienes luego construyeron una parte significativa del entramado mutualista de la Argentina. Y sobre cómo ese entramado —más que un conjunto de empresas de otro tipo— nació de la convicción, muchas veces pagada con la libertad personal, de que la organización económica del pueblo es también organización política y que una no puede existir sin la otra.
ANSOL dialogó con tres referentes que vivieron ese tránsito en primera persona:
Eduardo Santellán, militante estudiantil de Olavarría que fue preso político de la dictadura y luego impulsó cooperativas de trabajo y la Mutual de Empleados de Comercio de su ciudad.
Juan Ricci, joven agrónomo que antes del golpe estuvo cercano al pueblo wichi en el Impenetrable Chaqueño a través de una cooperativa de trabajo, y que fue detenido en 1975. Luego construiría El Colmenar, una mutual de transporte con 150.000 socios. Y finalmente participaría del directorio y después, de la presidencia del INAES.
Orlando «Cuto» Barquín, que ingresó a la Asociación Mutualista de Empleados Públicos de Santa Fe (AMEP) a los 17 años, estuvo preso desde 1975 hasta 1983 y se convirtió en presidente de la Confederación Argentina de Mutualidades (CAM) por la FESAEM.
Tres trayectorias distintas, una misma pregunta de fondo: ¿cómo se construye desde los escombros?
Eduardo Santellán: la experiencia como peine
Eduardo Santellán tenía 17 años cuando ocurrió el golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Vivía en Olavarría, provincia de Buenos Aires. Era estudiante de la escuela técnica, presidente del centro de estudiantes y militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). Un año después del golpe, el 16 de septiembre de 1977, fue secuestrado junto a un grupo de compañeros. Permaneció desaparecido durante algunos meses hasta que su situación fue «legalizada» y pasó a estar formalmente detenido.
Tenía 24 años cuando recuperó la libertad. En el interín, declaró como testigo en cinco juicios por crímenes de lesa humanidad. El último fue en Mar del Plata, en la causa Monte Peloni, donde fueron condenados varios de los represores que lo secuestraron y que hicieron desaparecer a un soldado que estaba con él, identificado como Masotto.
«La dictadura en mi vida fue una experiencia por cierto traumática, pero que no deja de estar, con otros matices, muy conectada a lo que nos está sucediendo actualmente, con un modelo económico que no deja de ser el mismo que impulsaba esa dictadura», dice Santellán. «Significa una derrota colectiva muy importante de la cual creo que aún no terminamos de recuperarnos.»

Esa claridad sobre el peso de la derrota colectiva —y la negativa a quedarse anclado en ella— define en buena medida el recorrido posterior de Santellán. Al salir de la cárcel, el aislamiento fue uno de los primeros obstáculos. «La gente en general a nosotros nos rehuía. Después uno se enteraba que éramos terroristas, éramos subversivos, con lo cual la búsqueda de caminos de organización se dificultaba bastante porque no era fácil que se acercaran a quienes parecíamos leprosos», recuerda.
La primera salida fue la militancia en organismos de derechos humanos. La segunda, el retorno a la militancia política en el peronismo. Y fue precisamente desde esa militancia política que llegó su primer contacto con el mundo del cooperativismo.
«A través de unos compañeros, uno de ellos chileno y otra compañera que era de la ciudad de Azul, que habían vuelto del exilio en Suecia», cuenta Santellán. Esa referencia no es menor: la experiencia del exilio en Europa, especialmente en países con fuertes tradiciones de economía social como Suecia, suele aparecer como vehículo de transmisión de modelos organizativos que las organizaciones populares argentinas no conocían o miraban con distancia.
En el caso de Santellán, esos compañeros llegaron con una perspectiva diferente. «En principio yo te puedo decir que nosotros no teníamos una visión, no conocíamos realmente lo que era el mutualismo. Más bien en tanto jóvenes que buscábamos caminos revolucionarios, mirábamos con cierto desdén a las organizaciones mutualistas que en general estaban integradas por gente mayor, mayoritariamente socialistas.
Nuestras visiones sobre la organización popular era más bien a través de las organizaciones territoriales de base de la juventud peronista, de la UES, de los centros de estudiantes. No vislumbrábamos en ese momento el potencial y lo acertado que debería haber sido tomar el camino de organización en base a la organización económica del pueblo.»
No es frecuente que referentes del sector reconozcan que llegaron al mutualismo no por convicción ideológica temprana sino por la fuerza de la experiencia acumulada. «Como se sabe, la experiencia es un peine que te dan cuando te quedás pelado, decía Bonavena», cita Santellán.
El quiebre llegó en 1987, cuando la fuerza política a la que pertenecía ganó el gobierno municipal de Olavarría. Fue entonces que, junto a Edith Staelhi y Patricio Pérez —ambos luego colegas suyos en el INAES, y ambos ya fallecidos— comenzaron a organizar cooperativas de trabajo.
La motivación inicial fue pragmática: conseguir trabajo para los desocupados. «Empezamos a ver de otra faceta, con otros ojos, el movimiento cooperativo«, recuerda. Las experiencias fueron variadas: algunas fallidas, otras con más o menos éxito, algunas duraron años, otras sirvieron para que jóvenes aprendieran un oficio y luego se independizaran. Ninguna fue en vano.
Paralelamente a esa experiencia, Santellán comenzó a militar en el gremio de empleados de comercio. Desde ese espacio nació uno de sus logros más concretos: la organización de la Asociación Mutual de Empleados de Comercio de Olavarría. «Empezamos 20 socios y al año y medio, yo fui el segundo presidente de esa mutual, ya habíamos logrado tener 1.000 socios, lo cual para una ciudad como Olavarría era más que interesante.» Hoy, esa mutual continúa existiendo con un poderío económico y una inserción social que incluye siete farmacias mutuales y un sistema de salud propio.
Sobre el presente y sobre la batalla cultural por los derechos humanos, Santellán es crítico, incluso con el propio campo. «Creo que hubo una suerte de espejismo colectivo creyendo que cuando el gobierno, acertadamente, levantó el tema de los derechos humanos, gran parte de la sociedad lo bancaba porque todo el sistema económico y el bolsillo, como dijo el general, la víscera más sensible, andaba bien. Pero no porque tuvieran una gran conciencia colectiva mayoritaria».
«Nos faltó hacer una trascendencia política colectiva mayor de la importantísima y necesaria lucha por la justicia. ¿Cómo hacer para que la sociedad entienda que no era un problema de algunos, sino que era un problema que nos atañe a todos, en tanto seres humanos? Ahí nos sigue faltando mucho.»
Juan Eugenio Ricci: el Impenetrable, el Colmenar y el «entre todos»
Juan Eugenio Ricci es de Hurlingham, pero en septiembre de 1972, a los 22 años, estaba en Sáenz Peña, Chaco. Había abandonado sus estudios de agronomía en la UBA movido por una noticia que había escuchado en Buenos Aires: en el Impenetrable chaqueño existía una cooperativa del pueblo wichi, conducida por sus propios integrantes, orientada a resolver las carencias históricas de esa comunidad en materia de trabajo, salud y educación. «El proyecto contaba con un equipo de jóvenes de distintas partes del país, imbuidos de los ideales del Concilio Vaticano II, de Medellín y del peronismo del Perón Vuelve» dice Ricci, que quiso ser parte de esa historia.
Mientras esperaba en Sáenz Peña para reunirse con los integrantes de la cooperativa —que viajaban regularmente desde Nueva Pompeya, a 400 kilómetros, a aprovisionarse de alimentos y mercaderías—, fue testigo de algo que lo marcó de por vida: el primer cabildo abierto de las Ligas Agrarias del Chaco, en septiembre de 1972.
«Era un sábado a la mañana en Sáenz Peña y toda la noche habían llegado a la ciudad muchos carros y carretas con familias enteras desde lugares muy lejanos del Chaco. A las ocho de la mañana, la plaza del pueblo ya estaba llena de gente», recuerda Ricci. Cuatro jóvenes de la conducción del incipiente movimiento empujaron un acoplado sin barandas al centro de la plaza, instalaron dos micrófonos e invitaron a todo el mundo a hablar. «Grita lo que sientas», era la consigna.
«Todo el día hablaron los campesinos. Todo el día, uno tras de otro, resonaron en esa plaza las voces distintas, diferentes, de los confines del Chaco. Al final del día, volvieron a subir dos de los jóvenes y dijeron que todo lo que se había dicho, cuya síntesis hicieron, sería el programa del naciente movimiento Ligas Agrarias del Chaco. No dijeron lo que ellos pensaban, sino que subordinaron su pensamiento a lo que la gente había dicho, planteado y decidido.»
Ese momento, aparentemente lateral en su proyecto personal, fue —reconoce Ricci— un hecho fundacional en su vida. Y no es una exageración: toda su trayectoria posterior en el mutualismo puede leerse como una variación sobre ese mismo principio: la organización donde el poder genuino surge de la expresión y la voluntad de los que forman parte.
En 1975, ya integrado al equipo de trabajo de la cooperativa wichi en Nueva Pompeya, junto a su compañera María Santos y otros amigos del movimiento cristiano, Ricci fue detenido en una intervención del INAC —el Instituto Nacional de Acción Cooperativa, precursor del actual INAES— acompañada de fuerte presencia policial.
La justificación fue una parodia: simularon que el grupo se «fugaba» y que «escondía armas». Tenía 25 años y era padre de Lucas, de un año y medio, y de Clarita, de seis meses. Estuvo casi cuatro años en la cárcel: el primero en la alcaldía de Resistencia y, desde el 24 de marzo de 1976, en la U7, la cárcel de máxima seguridad del Chaco, donde fue testigo del fusilamiento de Margarita Belén en diciembre de 1977. Recuperó la libertad en diciembre de 1978.

El dato sobre el INAC intervenido no es menor. Ricci recuerda que ese instituto dependía del Ministerio de Desarrollo Social cuyo ministro era López Rega, con Julio Yessi como interventor de confianza. «Para ellos una cooperativa de trabajo o una mutual popular, eran organizaciones subversivas. Y la nuestra no solamente era una cooperativa de trabajo y por lo tanto ‘subversiva’, sino que además estábamos vinculados a las Ligas Agrarias del Chaco y a los Sacerdotes del Tercer Mundo.»
A la salida de la cárcel, en 1979, con el proceso militar todavía desplegando su terror, Ricci alquiló una casa en Cuartel Quinto, zona muy humilde de Moreno, y comenzó a reconstruir los lazos con su compañera y sus hijos. «Para mí, como eran estos dos chiquitos que ahora tenían ya cinco y cuatro años. Y para ellos, quién era yo.» Ese reencuentro, al mismo tiempo íntimo y político, se produjo en el seno de un territorio marcado por la ausencia de servicios básicos: barro, falta de escuelas, falta de centro de salud, falta de transporte.
De esa escasez nació la semilla del Consejo de la Comunidad, una unión participativa de vecinos sin jerarquías formales, que se reunía en las organizaciones —formales o informales— de los 25 barrios de Cuartel Quinto. La consigna era «todo nos une«.
Y de ese consejo emergió lo que sería uno de los capítulos más extraordinarios del mutualismo argentino reciente: la fundación de El Colmenar, una mutual de transporte de pasajeros cuya lógica invirtió el paradigma habitual del servicio. «El Colmenar era una empresa de transporte colectivo cuyo servicio se adecuaba en forma constante a lo que los vecinos querían y no a la lógica de la ganancia, en razón de que los dueños, al ser una asociación mutual, eran los mismos vecinos en su carácter de socios.» El Colmenar llegó a tener 150.000 socios. Ricci fue el socio número uno. «Mi gran honor«, dice sin ironía.

El Colmenar no se quedó en el transporte. Sumó una escuelita de apoyo escolar, un hogar para personas solas o abandonadas y un polideportivo, entre otros servicios. Una trayectoria que, vista desde afuera, parece la de un emprendimiento social exitoso. Vista desde adentro, es la de un grupo de vecinos que aprendió en el monte chaqueño, en los pasillos de la U7 y en las calles de tierra de Cuartel Quinto, que «entre todos» no es una metáfora sino una metodología.
«La dictadura puso de manifiesto algo oscuro y pesado que viene desde muy atrás en nuestra sociedad», reflexiona Ricci. «No se trata de condenar esa parte de la sociedad que piensa distinto, como si ellos fueran los malos y nosotros los buenos, porque eso al no ser sincero hará que volvamos a repetir los mismos errores. Como Evita decía, siempre somos toda la comunidad. Y el poder de una comunidad estriba justamente en que pueda debatir, exteriorizar, sacar a la luz todas esas diferencias. Algo así es lo que yo viví en el Chaco en aquel primer cabildo abierto de las Ligas Agrarias. Toda la vida me acompañó ese deseo vital de unidad del pueblo argentino.»
No comprende, dice, por qué los gobiernos nacionales y populares no han creado una institucionalidad expresiva —no solo representativa como el Congreso, sino verdaderamente participativa— que permita que la voz del pueblo sea algo más que el trámite de una elección. «Eso, para mí, es el espíritu del peronismo.»
Orlando «Cuto» Barquín: 17 años con la mutual, 8 años con la cárcel
Orlando «Cuto» Barquín ingresó a trabajar en la Asociación Mutualista de Empleados Públicos (AMEP) de la provincia de Santa Fe cuando tenía 17 años. Hoy tiene 71 y es el vicepresidente de esa misma institución. «Te digo esto porque toda mi vida estuvo marcada por mi actividad mutual«, dice, y en esas palabras está contenida una de las trayectorias más largas, más consecuentes y más dramáticamente atravesadas por la historia argentina que el sector puede exhibir.
Barquín estudió en la facultad mientras se incorporaba a la mutual, militó en la Juventud Universitaria Peronista (JUP) y luego en la Juventud Trabajadora Peronista (JTP). Fue elegido delegado gremial de la mutual. El 20 de noviembre de 1975 fue detenido en Santa Fe. No saldría en libertad hasta 1983. Ocho años preso.
Durante ese período, el proceso militar no solo encarceló a quienes militaban en organizaciones populares: también desmanteló las organizaciones en sí mismas. En el caso de la AMEP de Santa Fe, el impacto fue directo y estructural. «En el año 77 intervienen la mutual, ponen a un coronel al frente y también intervienen UPCN», cuenta Barquín. La AMEP tenía en ese momento 80.000 asociados, 2 sanatorios propios y delegaciones en los 19 departamentos de la provincia. Era el principal proveedor de salud para los empleados públicos de Santa Fe, en articulación con la obra social del sindicato UPCN.
«El gobierno militar organiza una obra social provincial que lleva a que tanto la Mutual de Empleados Públicos empezara a reducir sus asociados muy marcadamente, y también la obra social de UPCN, que desapareció porque el gobierno militar crea la obra social de los empleados públicos a través del Estado, que pasa a ser IAPOS.»

El dato es significativo. El IAPOS —Instituto Autárquico Provincial de Obra Social de Santa Fe— nació como instrumento de vaciamiento de las organizaciones mutuales existentes. No fue una política de ampliación de derechos de los empleados públicos: fue una política de destrucción del tejido organizativo que esos mismos empleados habían construido de manera autónoma. La diferencia entre una obra social estatal y una mutual es exactamente la que hay entre la administración de un servicio y la propiedad colectiva de una organización. Eso es lo que la dictadura borró en Santa Fe.
«Pensemos que en aquel momento no existían federaciones que nuclearan a las mutuales, existía mucha debilidad del sistema», dice Barquín. El aislamiento institucional de las mutuales —sin estructuras de segundo grado que las articularan y defendieran— las hizo más vulnerables a las intervenciones. Esa lección fue aprendida. A partir de 1983, con el advenimiento de la democracia, se constituyó la Federación de Mutuales Brigadier López de Santa Fe (FESAEM) y el proceso de recuperación y organización colectiva comenzó. Barquín fue parte central de ese proceso: fue director de mutualidades, luego presidente de la Confederación Argentina de Mutualidades (CAM), la organización de máximo grado del sector a nivel nacional.
Al salir en libertad, se reincorporó a la AMEP como coordinador de los servicios sociales. «Seguí ahí, ya después creamos la federación de mutuales, y ya me dediqué por entero al trabajo de conjunto del mutualismo. Y después, a posteriori, también de lo que se fue integrando como economía social. En aquel tiempo estaba muy diferenciada la cooperativa de la mutual.»
Esa última frase —aparentemente técnica— esconde una transformación de fondo. Durante décadas, el cooperativismo y el mutualismo en Argentina funcionaron como universos paralelos. La construcción de un campo unificado de la economía social y solidaria fue, en parte, el trabajo de una generación que entendió —desde la experiencia de la represión, el exilio o la cárcel— que la fragmentación de las organizaciones populares era la mejor aliada de sus adversarios.
Orlando Barquín nos transfiere la convicción de que la organización colectiva es posible incluso en las condiciones más adversas. Y que si es posible en la cárcel, es posible en un barrio sin transporte, en un gremio sin obra social propia, en una comunidad wichi sin fuentes de trabajo en su propia tierra.
Un hilo que no se rompió
Tres historias de vida, tres recorridos distintos hacia el mismo lugar. Eduardo Santellán llegó al cooperativismo desde los escombros del peronismo juvenil olavarriense, empujado por compañeros que traían de Suecia una mirada diferente sobre la organización económica popular. Juan Ricci llegó desde el monte chaqueño, desde una cooperativa wichi y desde el primer cabildo abierto de las Ligas Agrarias, donde aprendió que la potencia de un pueblo está en su capacidad de expresarse y ser escuchado. Orlando Barquín llegó desde adentro mismo de la mutual donde entró a los 17 años, y nunca se fue.
Lo que los une no es solo la edad, ni la generación, ni el hecho de haber padecido la represión en carne propia. Lo que los une es haber entendido —cada uno a su manera, cada uno con sus propias palabras, cada uno con la contundencia de quien aprendió desde la experiencia y no desde la teoría— que el mutualismo no es una alternativa al sistema político: es en sí mismo, una forma de hacer política desde las bases, desde la organización concreta de la vida cotidiana, desde la decisión de que los dueños del servicio sean los mismos que lo usan.
La dictadura intentó destruir eso. Intervino mutuales, persiguió cooperativas, encarceló a sus dirigentes y vació su base social. Fracasó en lo esencial. Porque lo que no pudo destruir es lo que esos dirigentes llevaban dentro: la certeza de que, como decía Juan Eugenio Ricci recordando a Evita, «siempre somos toda la comunidad». Y que esa comunidad, cuando se organiza, tiene una potencia que ningún coronel al frente de una mutual puede extinguir.
A más de 50 años del golpe, los tres siguen activos. Santellán sigue dando testimonio en juicios de lesa humanidad y participando en organismos de derechos humanos. Ricci sigue buscando, dice, ese «entre todos» que vio nacer en la plaza de Sáenz Peña en septiembre de 1972. Barquín sigue representando a su mutual que participa en una federación y en una confederación que él contribuyó a construir.
El hilo que conecta la militancia de los años 70 con el mutualismo y el cooperativismo de la Argentina democrática no es una metáfora poética. Es una estructura organizativa, es un conjunto de valores transmitidos entre generaciones, es la memoria viva de lo que cuesta construir y lo que cuesta perder.



