Lorena Putero: “Pedirle inclusión y rentabilidad a una cooperativa, pero medir solo una, es condenarla al fracaso”

¿Cómo se mide el éxito de una organización que no nace para maximizar ganancias, sino para integrar a los excluidos? Ese es el núcleo del debate planteado por Lorena Putero, economista y directora de Economía Social del Centro de Estudios Económicos y Sociales Scalabrini Ortiz (CESO), durante un reciente encuentro con estudiantes de la Universidad Nacional de Tres de Febrero (UNTREF) y en diálogo con ANSOL.
La especialista cuestionó con dureza los instrumentos normativos y de control vigentes, advirtiendo que se juzgan objetivos sociales con herramientas estrictamente mercantiles. “Pedirle a una cooperativa de mujeres con tareas de cuidado a cargo que sea tan rentable como la fábrica Ford es una contradicción. Pedirle inclusión y rentabilidad al mismo tiempo, pero medir solo una, es condenarla al fracaso antes de empezar”, graficó.
La trampa de la vara mercantil
Para Putero, el corazón del problema radica en la naturaleza de los objetivos. Mientras que la empresa privada persigue el lucro y selecciona a su personal bajo criterios de productividad corporativa, las cooperativas de inclusión nacen para incorporar a quienes el propio sistema descartó: jóvenes sin experiencia, personas con problemáticas de consumo o trabajadoras con cargas familiares no reconocidas.
“Le armamos una cooperativa para que haga inclusión, le damos maquinaria y después le decimos: ‘ahora andá y sé rentable’. Si medimos como fracaso que no sea tan eficiente como una fábrica transnacional, estamos ante un imposible. Los objetivos a los que aspiran son opuestos”.
Recuperando planteos teóricos de autores de referencia como Karl Polanyi y José Luis Coraggio, la referente del CESO insistió en la necesidad imperiosa de “reencastrar la economía a la vida”. En ese sentido, puntualizó que si la economía social y solidaria propone otra forma de producir, de consumir y de vincularse, resulta inadmisible que continúe atada a indicadores diseñados por y para las lógicas de la exclusión.
“Quedaste excluido del mercado porque no cumplías la normativa de un sistema que nos ve como mercancía. El mercado lo hace fácil: no tenés experiencia, afuera; tenés tareas de cuidado, afuera. La cooperativa te abraza. Por ende, la rentabilidad financiera jamás se puede analizar bajo el mismo esquema binario de ‘aprobado o desaprobado’”, remarcó.

Indicadores de evolución y el rol del Estado
Lejos de esquivar la rigurosidad económica, la investigadora aclaró que la sustentabilidad material es indispensable: “Soy economista y me parece una variable fundamental a medir. El problema es cuando el indicador es binario: si dio ganancia, aprobó; si no, fracasó”. Al hacer esto, argumentó, se invisibilizan procesos clave como la capacitación de jóvenes, el aprendizaje de la autogestión, el cumplimiento de horarios o la construcción de confianza colectiva.
Por ello, la propuesta metodológica del CESO radica en transformar el enfoque: que las mediciones sirvan como herramientas de gestión, monitoreo y acompañamiento evolutivo, en lugar de actuar como un examen punitivo de clausura.
“Necesitamos indicadores de procesos: comparar un momento inicial con uno posterior para acompañar la evolución. Analizar un costo no debe servir para cerrar un espacio, sino para saber dónde estamos parados y mejorar un circuito productivo”.

En este escenario, Putero asignó una responsabilidad central al Estado, detectando una fuerte contradicción en el diseño de las políticas públicas actuales. Por un lado, el sector estatal financia casi exclusivamente bajo criterios de extrema vulnerabilidad social, excluyendo a cooperativas consolidadas o de profesionales que dinamizan el primer empleo, pero inmediatamente después exige autonomía financiera y rentabilidad mercantil en plazos sumamente cortos.
“A las cooperativas más postergadas se las mide únicamente bajo la promesa de en cuánto tiempo van a dejar de depender del Estado. Se las suelta y se las deja solas en el mercado sin ningún tipo de acompañamiento integral”, Putero criticó referenciando a la gestión estatal.
De adoptarse parámetros basados en la evolución, la política pública ganaría flexibilidad estratégica. “Si tenés indicadores claros que te alertan que un emprendimiento ya superó la fase crítica de organización interna pero ahora se topa con un problema estructural de espacio físico o de vivienda de sus integrantes, el Estado puede adaptar y modificar la política pública en tiempo real”, ejemplificó.
Lorena Putero: externalidades y asimetrías para cooperativas
Hacia el cierre del debate, la economista expuso la profunda asimetría con la que se evalúa al sector cooperativo en comparación con el privado tradicional. Al capital concentrado se le tolera una mirada parcial: solo se le exige rentabilidad financiera, omitiendo deliberadamente los enormes pasivos ambientales y sociales que genera.
“Con los emprendimientos mercantiles somos sumamente bondadosos. Si una empresa contamina un río, paga una multa y listo. Pero nadie calcula todo lo que no se pudo producir ni la vida que se destruyó porque esa agua quedó inutilizable. Es injusto exigirle un balance social perfecto a la economía social, mientras que los costos sociales de los privados los terminan absorbiendo las familias o el Estado” detalló Putero.
Finalmente, Putero recordó que esta discusión no es marginal ni exclusiva del cooperativismo, citando a premios Nobel de Economía como Joseph Stiglitz, quienes sostienen que el PBI es un indicador obsoleto para medir el bienestar real de las naciones. “En la crisis internacional del 2008, el PBI y la rentabilidad de las empresas financieras lucían fantásticos. Vimos la crisis recién cuando la teníamos adentro. No alcanza con el dato de la producción y el lucro. Necesitamos construir indicadores que nos permitan anticipar si una economía va bien o si caminamos directo hacia el caos”, concluyó.



