CRC: la cooperativa patagónica con más de 50 años que sumó sidra propia

Con medio siglo de trayectoria en Río Colorado, en la provincia de Río Negro la Cooperativa de Comercialización y Transformación de Colonia Juliá y Echarren Ltda. (CRC) dio un salto clave en su estrategia comercial: transformar su materia prima en productos terminados de góndola. Tras consolidarse como un jugador central en la exportación de jugo concentrado a Estados Unidos, la entidad impulsó la elaboración de su propia línea de sidra, bajo la marca Juliá y Echarren, con la que busca agregar valor en origen y sostener la rentabilidad de más de 100 familias productoras de peras y manzanas.

CRC: más que una marca de sidra
Nacida en 1973 para dar salida a la fruta que no ingresaba al mercado fresco, la CRC opera hoy una planta industrial capaz de procesar entre 25.000 y 30.000 toneladas por temporada (con un volumen de un 65% de manzana y un 35% de pera). Aunque el grueso de su producción de jugo concentrado abastece a exigentes mercados internacionales bajo certificaciones de calidad como Kosher y BRC, en los últimos años la conducción emprendió una reconversión comercial.
«Nuestra idea es siempre escalar esta nueva unidad de negocio y llegar a mayor cantidad de consumidores», señaló Ariel Vilicich, gerente de la cooperativa. Tras un primer desarrollo para terceros (Txapela), la entidad lanzó su etiqueta propia, la cual ya se comercializa en la región patagónica y en la Ciudad de Buenos Aires. La diferenciación radica en el proceso productivo: la sidra se endulza con el propio jugo concentrado que elaboran en la planta, optimizando la cadena de valor. «La idea era valorizar todo lo que hacemos; por ese motivo aprovechamos nuestra producción de jugo para endulzar nuestra sidra», explicó Vilicich.

Financiamiento productivo y gestión comunitaria
La iniciativa de integrar verticalmente la producción busca amortiguar los vaivenes de las exportaciones y las dinámicas del mercado externo, que suele exigir esquemas complejos de prefinanciación. En ese marco, los dividendos y la fortaleza industrial de la cooperativa se reinvierten directamente en la producción primaria: la CRC financia a sus más de 100 asociados la compra de plantas para garantizar el recambio varietal y la reconversión de las chacras.
«El productor todos los años invierte para tener fruta de calidad», remarcó el gerente. La lógica cooperativa se combina con una exigencia operativa de escala: el 90% del procesamiento se concentra fuertemente entre febrero y junio, en sintonía con el calendario agrícola.
Frente a un escenario sectorial donde diversas empresas privadas del sector frutícola han cerrado sus puertas en el Alto Valle y la Patagonia, la CRC sostiene su modelo sobre la transparencia y la rendición de cuentas en asambleas anuales. «Esto no es una empresa de beneficencia. Tenemos que tener recursos, trabajar, ser eficientes y eficaces«, enfatizó Vilicich, al tiempo que reafirmó el horizonte de la organización: «Estamos fuertemente orientados al sostenimiento de los asociados, que son el objetivo final de nuestra existencia».



