«Me enorgulleció que la sala esté llena de aquellos que apuestan a levantar la bandera de los caídos»

«Eran las 9 de la mañana de un típico lunes de abril en Tribunales cuando los pañuelos blancos abrieron paso. Estaba el «Tito» Villanueva trajeado con una mezcla de sentimientos inexplicables, quizás nervios, esperanza; estaba expectante. Las Abuelas de Plaza de Mayo, los H.I.J.O.S., los estudiantes universitarios, las agrupaciones políticas, la gente; mucha gente. Todos con insignias en sus cuellos. Insignias que eran más que una simple imagen, sino más bien que representaban una larga lucha por los derechos humanos. Insignias que los hacían parte de una lucha colectiva, todos congregados por la misma causa: la búsqueda de verdad, justicia y memoria.

Escaleras arriba, en el recinto, se respiraba ansiedad y nervios; la tensión era palpable. Eugenio Talbot Wright, uno de los tantos hijos de desaparecidos, emocionado decía: «Tenemos que dejar de lado nuestras necesidades y acompañar a las necesidades de todos, los treinta mil desaparecidos son de todos. Y uno aprende que tanto le conmueve el caso de uno como el caso de un amigo, compañero, conocido o desconocido. El desaparecido pasa a ser de uno, uno se siente identificado con el hecho, con lo que hemos pasado y lo que hemos sufrido».

Se prendían las cámaras y los grabadores mientras que el diario Será Justicia pasaba de mano en mano. Los funcionarios públicos aparecieron, Claudio Orosz -abogado querellante- y la fiscalía. En cambio, la defensa junto con el imputado Luciano Benjamín Menéndez, esperaban dentro de la sala donde próximamente se definiría lo que tanto tiempo se esperó. También sehicieron presentes periodistas de distintos medios, que fueron organizándose en la sala de prensa junto a los integrantes del equipo de cobertura del CECI.

«Familiares por favor», se escuchó. Y en la sala, comenzó lentamente a apagarse el barullo. Las primeras fotos del momento se hicieron. En el sector de los imputados, estaba Menéndez. Solo. El único imputado. Allí estaba, uno de los mayores actores intelectuales de las atrocidades cometidas en el país, de espaldas a la audiencia, quizás fingiendo indiferencia, o quizás de verdad, no le importaba. Pero sabe perfectamente que toda la sala tiene los ojos clavados en él.

La audiencia se llenó, se cerraron las puertas y el frío rostro de Menéndez registraba a la multitud, a Tito, a Orosz, evaluándolos, midiéndolos.

Todos de pie. La entrada de los jueces indicaba formalmente el inicio del juicio. Un fusilamiento de flashes cayó sobre el ex comandante, los fotógrafos disparaban a diestra y siniestra, las luces lo enmarcaban, para perpetuarlo así en la historia. Entre los oyentes se murmuraba, se anticipaban sentencias, se comentaba que nadie sería capaz de defender a un Menéndez.

La secretaria del despacho pasó a leer parsimoniosamente la introducción a la causa y las acusaciones. Menéndez ya habría escuchado similares acusaciones sin cambiar su impávida expresión. Fue interrumpida por la fiscalía justificando la innecesaria repetición de la causa Roselli para poder abrir el debate. Orosz tomó la palabra inicial con firmeza y seguridad tratando a Menéndez de caprichoso por la postergación injustificable del juicio. Inmediatamente, se alzó una voz avejentada y desafiante, era el imputado gritando «miente, está mintiendo, miente», su cuerpo acompañaba sus palabras señalando al querellante.

Llegó el turno de la defensa, quien expuso al imputado como incapaz de soportar psíquica y físicamente dos juicios simultáneamente. Era dibujado como una víctima, que por el pasar de los años, no podía comprender lo que sucedía a su alrededor. Entre sarcásticas risas, la audiencia se miraba con complicidad, atónitos por lo que acababan de escuchar. La querella retoma la palabra respondiendo por él y por la audiencia, deslegitimando el petitorio absurdo de la defensa. Ante esto, la figura de Menéndez se levantó fantasmagóricamente y se retiró del recinto sin regresar hasta la vuelta del cuarto intermedio. Mientras veían pasar a Menéndez, la bronca se desprendía de la audiencia.

Luego del receso, se falló a favor de la querella. El proceso judicial va a continuar con la presencia de Menéndez frente a toda la audiencia juzgándolo. Finalizada la sesión, el imputado se levantó siendo escoltado por policías, con un gesto desafiante.

Ya acabada la primera sesión del tan esperado juicio, las caras de satisfacción salieron a la luz. Gente abrazándose, besándose, felices, esperanzados. Entre ellos se encontraba Tito que entusiasmado relataba: «»En un momento dado. lo miré a Menendez y pensé cuán sádica, cuán asesina puede ser una persona, porque está probado que lo ha sido. Me di vuelta y los miraba a ustedes, a los jóvenes, a mi familia y qué distinto puede ser el ser humano dependiendo de que bandera tome y que compromiso con la vida tome. Me enorgulleció que la sala esté llena de aquellos que apuestan a levantar la bandera de los caídos, recuperar la memoria y seguir construyendo (€¦) Yo creo que debemos respetar los Derechos Humanos de todas las personas, yo a Menéndez lo considero persona, le caben los derechos de la buena defensa y quiero que sea defendido por un abogado que sepa derecho, un buen abogado tiene que lograr que haya una condena justa en el caso de haber hecho el delito y no sacarlo libremente o evitar que se lo juzgue porque puede «morirse», todos podemos morir». Y devolviendo abrazos a la pasada, se retiraba lentamente de tribunales con una mezcla de sentimientos que ni él ni nadie podría explicar.

**Créditos foto: Irma Montiel»