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La solidaridad como respuesta de la comunidad

Columna de opinión.

Nuestras comunidades están sufriendo nuevamente las consecuencias de los procesos de profundización del ajuste y recorte de beneficios sociales por parte del Estado, tal como se lo conoció en los años cuarenta y cincuenta en el nacimiento de los estados benefactores que consideraban al ser humano como centro de la escena y en nuestro caso, de quienes abrazamos al peronismo desde muy jóvenes y consideramos que es nuestra comunidad la que se encuentra en el centro de la escena.

La última dictadura militar nos sometió, no sólo a una reducción de los presupuestos sociales junto a un mega endeudamiento externo, sino además a la apertura de importaciones que destruyó a la industria nacional. Todo esto acompañado de una feroz represión frente a la disidencia política que arrojó la escalofriante cifra de más de treinta mil de detenidos desaparecidos. En definitiva, se concentró la economía en pocas firmas, además de permitir el ingreso de capitales financieros extranjeros y generar una mutación cultural fundamental que valorizó al dólar por sobre la moneda nacional. La cuestión financiera se transformó en prioridad frente a lo que se produce y a lo que se cultiva.

La segunda etapa de este proceso neoliberal fue la de la década del noventa y principios de siglo, que profundizó la cruenta enajenación de la economía nacional y que, con las privatizaciones y la extranjerización, concentró aún más a las cadenas de consumo y de comercialización. Es por esto que cerraron masivamente la mayoría de las cajas de crédito cooperativo, las proveedurías mutuales y cooperativas, y miles de almacenes de barrio y comercios de cercanía.

La solidaridad como respuesta de la comunidad

Desde el mutualismo y el cooperativismo pensamos que hay que discutir el hecho cultural del consumo. No únicamente con cuánto dinero compramos y qué producto es mejor comparativamente, sino que además darle lugar a motivo por el cuál vale hace la diferencia comprarle a un productor local. Porque cuando le compramos a una pyme o a una cooperativa local su producto, se le está brindando condiciones determinadas de salubridad, respetando el medio ambiente, considerando a la condición humana y ponderando a la condición laboral, en relación solidaria entre la experiencia de producción y la comunidad en la que se manifiesta. Es una invitación a pensar al consumo como un hecho político en si mismo. Más allá de los términos de valores de mercado, el precio y la calidad; el consumo también tiene que ver con la solidaridad, con la inclusión, con la posibilidad de que nuestro prójimo tenga trabajo y pueda generar un ingreso a través del esfuerzo llevando adelante una actividad económica.

La organización cooperativa mutual y cualquier otra forma de asociativismo, hace del esfuerzo un proceso colectivo, recuperando el rol de la comunidad a la hora de afrontar una problemática y encontrar la mejor solución posible. Además, recrea vínculos que tienen que ver con la amistad, con la ayuda mutua, con el esfuerzo propio, con el valorizar el conocimiento que reside en el inconsciente de cada comunidad; y que pone en primer lugar el valor del trabajo y del producto, y del conocimiento de nuestro país, de nuestro pueblo.

Es nuestra obligación rescatar los cientos de experiencias que existen en nuestro país y en otros países de Latinoamérica que tienen que ver, no con el comercio vinculado a la acumulación de capital; sino con el sostenimiento y desarrollo de lo comunitario, con el comercio justo, con los precios justos, y fundamentalmente con la necesidad de eliminar cadenas de intermediación que fortalezcan al lucro únicamente. Desde las principales organizaciones tendremos que generar espacios de discusión, relacionados con experiencias concretas que las rescate y las vuelva a poner en valor. Existen muchas redes asociativas, respaldadas por experiencias comunitarias; para mirarnos como si fuesen espejos y aprender a recrearlas y multiplicarlas. Ahí radica nuestra tarea.