La autogestión argentina a 20 años del 2001 (I)

La autogestión argentina a 20 años del 2001 (I)
*Por Andrés Ruggeri

El 2001 llamó la atención por primera vez sobre un fenómeno que venían protagonizando sectores del movimiento obrero desde por lo menos diez años antes del estallido: la lucha por la recuperación y autogestión de diversas fábricas y unidades productivas, proceso conocido posteriormente como las empresas recuperadas por sus trabajadores (ERT). En esta serie de notas proponemos un balance crítico de las limitaciones y potencialidades de esta importante experiencia argentina.

Es bastante común que, para referir al movimiento de empresas recuperadas en la Argentina se establezca una relación con los sucesos del 2001 o, directamente, se lo identifique como surgido en aquellos momentos. Las fábricas recuperadas, junto con los piqueteros y las asambleas populares, aparecieron como los nuevos movimientos sociales que representaban una ruptura con todo lo previo, paridos por la rebelión del 19 y 20 de diciembre.

Esa relación aparece en todo tipo de relatos e imaginarios, tanto en la militancia como en los medios, e incluso en trabajos académicos. Y si bien no es estrictamente cierto, pues el proceso de recuperación de empresas tiene numerosos antecedentes en décadas anteriores y un desarrollo que podemos rastrear desde fines de los ’80s, hay un claro momento de irrupción de estas experiencias en la vida política y social de nuestro pueblo que no puede separarse de la crisis que provocó la caída del gobierno de Fernando De la Rúa y abrió una nueva etapa en la historia reciente de la Argentina.

Y esto es así porque el 2001 dio una visibilidad notoria a un fenómeno previamente existente pero circunscripto al micro espacio de la fábrica (un puñado de ellas) y lo convirtió en una referencia para la lucha de amplios sectores en una coyuntura de enorme movilización social.

Esa visibilidad no fue solo circunstancial o mediatizada, sino que dio impulso a un movimiento que rescató del olvido a la idea misma de la autogestión del trabajo –muy difundida entre la “nueva izquierda” de los ´60 y ´70 y caída en desuso para los 2000– y le dio una potencia que de otro modo hubiera sido difícil de alcanzar.

¿Cómo fue que un movimiento de tan pequeñas dimensiones llegó a ocupar un lugar tan importante en el imaginario de una crisis gigantesca, que hizo crujir el sistema económico y que puso en cuestión la misma institucionalidad estatal del país? ¿Por qué impactó tan fuertemente en la simbología de una de las mayores crisis del modelo neoliberal en el mundo antes de la crisis global de 2008? ¿Qué vieron (vimos) miles de militantes populares que apoyaron el proceso con entusiasmo y qué relación tiene esto con la relativa tolerancia del sistema político y de las fuerzas represivas contra situaciones que en otros momentos históricos (pasados y, quizá, futuros) hubieran sido feroz y velozmente desmontados?

Una respuesta primera a estos interrogantes pasa justamente por la ligazón que rápidamente se hizo entre crisis y recuperación. Los trabajadores que ocupaban fábricas fueron identificados como una ruptura con los viejos movimientos anquilosados y burocratizados –empezando por los sindicatos–, incapaces de ofrecer resistencia al neoliberalismo, parte del gran movimiento desatado por el 2001 a la par de las asambleas y los piqueteros. Sus características de resistencia por una causa justa –la defensa del trabajo en un contexto de crisis económica brutal y desempleo masivo–, su reclamo en los lugares de trabajo, rara vez cortando calles o invadiendo espacios de sectores sociales más acomodados, despertaron la simpatía de sectores medios que, salvo los breves instantes de “piquete y cacerola”, no suelen empatizar con las luchas de los que presumen por debajo de su propia condición social.

Por otra parte, la debilidad de la institucionalidad política producida por el “que se vayan todos” impulsó a funcionarios públicos de todos los niveles, incluyendo a legisladores y jueces, a ceder circunstancialmente a demandas que hubieran sido descartadas de plano apenas unos meses antes, votando leyes de expropiación, otorgando permisos judiciales, dando subsidios, comprometiendo apoyo, etc. Todas, cuestiones que le dieron al movimiento una fuerza impensada y que tuvieron como resultado avances concretos en la resolución de los conflictos. Como consecuencia, el promedio de duración de las ocupaciones que antes del año 2002 era de casi un año se redujo a menos de cinco meses en los años siguientes, y se votaron más de cien leyes de expropiación en las distintas legislaturas provinciales e, incluso, de Ciudad Autónoma de Buenos Aires. 

El grueso de la militancia vio en las empresas y fábricas que eran ocupadas y vueltas a poner en producción bajo autogestión un fenómeno de enorme significación, por su potencia simbólica y proyección política. Hilando un poco más fino y proyectando más, se entreveía una posibilidad impensada de un futuro autogestionario, una alternativa que aparecía casi milagrosamente para retomar la lucha anticapitalista. 

Efectivamente, en las empresas recuperadas se estaba formando algo diferente. Pequeños grupos de trabajadores y trabajadoras arrancaban del Estado la posibilidad de apropiarse de los medios de producción de los antiguos patrones, conformaban cooperativas de trabajo que recibían en mayor o menor medida apoyos gubernamentales para su funcionamiento, practicaban, sin manuales, una gestión colectiva y asamblearia que reemplazaba al manejo capitalista del proceso de trabajo.

En algunos casos, con suma conciencia de lo que se estaba haciendo, en otras simplemente dejándose llevar por los acontecimientos. La autogestión del trabajo, como proceso alternativo a la gestión económica tradicional, empezó a incorporarse a la caja de herramientas de la clase trabajadora para defenderse del desempleo y de las condiciones abusivas de las patronales y, de esa manera, se rescataba un concepto clave para cualquier proyecto para una economía y una sociedad superadora de la explotación capitalista. 

A diferencia de otros fenómenos ligados estrechamente a la crisis del 2001, que fueron disminuyendo rápidamente hasta casi desaparecer o convertirse en procesos residuales a medida que el país se iba recuperando de los aspectos más traumáticos del estallido (como los clubes del trueque o las asambleas); o se iban reconvirtiendo en movimientos de base territorial (como las expresiones mayoritarias de los piqueteros); o también, siendo absorbidos por el sistema político, las empresas recuperadas continuaron existiendo en formas no muy diferentes a su origen. Aunque algunas llevan más de dos décadas funcionando y han logrado consolidarse en tanto unidades productivas, continuando simultáneamente como organizaciones obreras de gestión colectiva, en la mayoría de los casos los avances con respecto a lo logrado en los meses posteriores a la recuperación han sido pocos.

Los problemas de base debidos a las limitaciones de una legislación que no contempla el trabajo autogestionado como una posibilidad real de gestión productiva, las disputas no resueltas por la propiedad, los derechos laborales perdidos con respecto al trabajo en relación de dependencia o las dificultades para un compromiso relativamente parejo de los trabajadores para asumir las responsabilidades de gestión que antes correspondía a las patronales, continúan y se suman a los problemas estructurales típicos de la autogestión en el marco del capitalismo y, en los últimos años del macrismo en el gobierno, a una agresividad estatal no vista anteriormente.

Pasada la fascinación por el movimiento novedoso de los obreros que tomaban las fábricas que los patrones abandonaban, las empresas recuperadas, veinte años después, muestran un panorama que implica viejos y nuevos problemas y numerosas enseñanzas que deberían ser debatidas y atendidas. Generalmente dejamos estas cuestiones en un discreto segundo plano para no afectar la defensa de un movimiento que queremos y reivindicamos, pero un balance crítico no debe pasar por alto los desafíos y las limitaciones de un movimiento al que, para hacerle justicia, pocos nos imaginábamos que iba no solo a sobrevivir veinte años después, sino a crecer y multiplicarse.

I) Esta serie de notas fue publicada originalmente como un único artículo en Contrahegemoníaweb y la revista Autogestión para otra economía.

*Coordinador de Consejo Consultivo de INAES - Asesor en Ministerio de Desarrollo Productivo