Comunicación y Política

Todos ya reconocemos la relación dialéctica que existe entre Política y Comunicación.

 

Cada vez más se aleja esa concepción de que la comunicación tenía reservada en las organizaciones sociales, sindicales y partidarias, el rol de área de prensa o departamento de información, para pasar a transformase en un elemento – como siempre lo fue – constitutivo del poder. La concentración monopólica, el papel de las corporaciones mediáticas, las estrategias desestabilizadoras supranacionales de medios audiovisuales y gráficos son elementos estructurales del poder económico que hoy hegemoniza en el mundo.

Retomar la frase de Malcom X pronunciada en la década de los 60: «Si no estáis prevenido frente a los medios de comunicación os harán amar al opresor y odiar al oprimido», no sólo advierte sobre los alcances, precisamente, de los medios, sino que la «prevención» estaría implicando en este caso, la toma de conciencia, un determinado nivel de formación. No es un dato anecdótico esa afirmación.

Por otro lado, es importante resaltar que desde el 17 de Octubre de 1945 la historia democrática de nuestro país demuestra que hay dos elementos esenciales a la misma, la ocupación de los espacios públicos y la movilización popular llenando calles y avenidas; y por el otro, la formulación de leyes que significaron un cambio cualitativo en la correlación de fuerzas. En nuestro caso la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual y el trabajo de la Coalición.

Es decir que a cada forma de construcción política le corresponde una manera de construcción comunicacional. No son cuestiones que van separadas o paralelas.
Veamos algunos ejemplos.

Retiro, Once y Constitución son en Buenos Aires tres lugares que tienen características comunes: servicio público de pasajeros (colectivos, trenes, subtes, taxis), plazas adyacentes y conjunción de habitantes del conurbano, de la propia ciudad, del interior  (Retiro y Once –compras- reciben pasajeros vía ómnibus de toda Argentina), e inclusive, de países limítrofes.

El volumen de personas que transita, diariamente, por esos lugares supera largamente la tirada de Clarín o de la Nación, o la audiencia de muchos programas de TV y radio.

¿Cuántos locales partidarios y de organizaciones hay en sus adyacencias? ¿Cuántas radios u organismos oficiales?

¿Qué nivel de coordinación hay entre ellas para «»intervenir»» en los espacios públicos, para ocupar las plazas, para tomar contacto con la gente, para hablar cara a cara con las miles de personas que transitan, compran, venden o habitan allí?

Este «»plus»» no es un simple agregado de la actividad política, significa uno de los ejes centrales de la militancia, de la construcción. Reporta a otro modelo comunicacional, sobre el que plantea estar respondiendo, día a día, a lo que proponen las tapas de los diarios. Que no son, necesariamente antagónicos, pero deben complementarse.

Es decir, esa forma amerita otro nivel de organización y coordinación para definir los temas, los actores institucionales, las herramientas, entre otras cuestiones; pero que tiene una potencialidad que todavía no podemos dimensionar debido al impacto del alcance que podría tener.

Es decir, esto implicaría la conformación de una agenda común, un debate interno a cada organización, una forma de relacionarse distinta con el vecino y por sobre todo, su continuidad en el tiempo; pues muchas organizaciones realizan estas actividades individualmente, de manera esporádica, desconectados de otras experiencias afines que existen en cada lugar.

La realización de radios abiertas, el uso de gigantografías o afiches (ver el uso de los mismos en todo Once), la presencia de murgas o grupos de teatro (investigar sobre la experiencia de Comunicalle en Venezuela), volantes, mesas con informaciones sobre servicios, planes, programas. Es decir un conjunto de acciones que expresen la heterogeneidad y riqueza de prácticas que se dan a lo largo y ancho de Argentina.

Nuestro accionar en el centro-norte del país y en particular en zonas de frontera, demuestra que esta situación se repite en la gran mayoría de las ciudades y pueblos de nuestra nación: la desarticulación y la falta de coordinación son una constante, excepto que aparezca una orden o decisión que indique la realización de una tarea conjunta, pero esto no es un problema de formas, de mala voluntad o de desconocimiento de métodos; sino que expresa un modelo de construcción político-comunicacional; en donde todos los días militamos en redes sociales y medios amigos una declaración de un funcionario o la respuesta a un dirigente o medio opositor y la mayoría de las veces terminamos esa jornada con 400 «»Me gusta»», de personas que ya están convencidas, como cualquiera de nosotros, sobre el proyecto nacional y popular.

¿Cómo imaginaríamos la relación entre organización y comunicación en otro escenario y hablando con la gente, recibiendo críticas, gestos, puteadas, abrazos, afectos, opiniones? Seguro que estaríamos atravesados por un entramado cultural y social que la redacción de un diario, el estudio de radio o el estudio de un canal de TV no tienen y obliga a repensar nuestras formas de hacer política, de relacionarnos con el otro, aún en donde nos sentimos cómodos y libres para expresar «»nuestras»» opiniones.

¿Para realizar este tipo de militancia hay que capacitarse? ¿Existen ámbitos donde socializar los saberes de todas nuestras prácticas sociales y políticas que permitan un mayor nivel de sistematización y entonces, poder avanzar en temas consensuados, probados en el territorio que son movilizadores y convocantes para la gente?

Es claro que existe un rol del Estado en esta materia, pero si bien no puede dejarse de lado en un análisis global, también es cierto que hay todo un espacio por donde avanzar, del cual ocupamos una parte muy pequeña y con herramientas repetidas y muy convencionales, a veces.

Hay un proyecto que necesita profundizarse, quizás como parte de ese proceso, sea necesario revisar nuestras prácticas en lo comunicacional y en lo político. Existe allí un debate y una tarea pendiente.

Agosto de 2015.-