Anatomía del odio y la negación

«El diario Clarín de hoy 25 de agosto nos ilustra sobre que «El candidato a gobernador de Tucumán por el opositor Acuerdo para el Bicentenario, José Cano, ratificó sus denuncia respecto a irregularidades en las elecciones del domingo pasado, pero -sin embargo- admitió la posibilidad de un triunfo del oficialismo».

Preguntas

¿Por qué Cano, que perdió por 14 puntos la elección, esperó hasta hoy para empezar a reconocer su derrota?.

¿Esperaba qué el resultado de 40 urnas quemadas (algunas de ellas por candidatos de su propia lista) de las 3.400 que se abrieron en la provincia revirtieran la elección?. ¿Por qué anoche los partidos políticos que integran su plataforma electoral, conociendo lo irreversible del resultado, convocaron a una manifestación que tenía muchas posibilidades de derivar en hechos de violencia?

La tautología del nosotros

Para aquellos que dividen el mundo en buenos y malos para asimilarse a si mismos y sus intereses como el bien, es indispensable atribuir una maldad ontológica a sus oponentes. La naturalización de esta operación lleva a la negación del otro.

En un escrito anterior, recordábamos la sensación de negación del historiador Felix Luna en su participación política enfrentando al peronismo en 1945; «No había peronistas. Al menos, no conocíamos ninguno. En la Facultad, en la FUBA, en los grupos juveniles del partido, era lógico que no los hubiera. Pero es que tampoco los encontrábamos en otros lados. Y llegamos a convencernos de que no existían; que ningún argentino ni ebrio ni dormido podía ser tan miserable que estuviera con la dictadura nazifascista» (Felix Luna «El 45»).

Cuando se demoniza al otro de esa forma, negándole los atributos que lo humanizan para convertirlo en un semejante, se hace imposible reconocerlo en su subjetividad, en su idiosincrasia… y en sus derechos.

Entonces de esos polvos, estos lodos: Es imposible que los seguidores de una «dictadura» ganen limpiamente en elecciones democráticas. Si pierden; es porque la parte sana de la sociedad, como corresponde, se impone frente a la barbarie. Si ganan, no puede ser que sea de otra forma que haciendo gala de la maldad fraudulenta que les es constitutiva.

Los profetas del odio

Cuando se es parte de la trama de ese sentido común, solo hace falta un pequeño disparador para encajar «la realidad» en el esquema preconcebido; una foto de twitter donde se ve una urna quemada… o salvajes impactos de bala en un hogar opositor o fotos de una represión indiscriminada.

Poco importará que después se descubra la participación de dirigentes opositores en la quema de urnas o que la «balacera» mostrada no haya sido en una casa tucumana sino en una barriada de Perú o que las fotos de la represión sean de años anteriores…

Con la masa crítica de indignación generada llaman a movilizarse por los derechos de los iguales pisoteados por los personeros de la maldad…

Como no importaron para los movilizados del caso Nisman ni las pruebas y pericias ni los descarados abusos de poder del ex fiscal; después de la violencia desatada en la marcha opositora (y aquí es el momento de decir que de ninguna forma avalamos la represión a la protesta) nuevamente poco importa que a la mañana siguiente el candidato opositor reconozca que seguramente haya sido derrotado; la operación de clausura de la división entre ellos y nosotros ya está instalada y su veneno inoculado.

Lo viejo que no termina de morir y quiere renacer

Que Tucumán no es un cantón helvético, es una obviedad en un país que está saliendo del infierno que significaran casi 30 años (1974-2004) de inequidad neoliberal.

Que la complejidad de un sistema político federal (intendencias, gobernaciones y nación) sumada a las continuidades estructurales (fruto de correlaciones de fuerzas adversas en su momento) no permiten la marcha armónica y con igual ritmo y profundidad del proyecto nacional y popular es una verdad de perogrullo para quien quiera leer el mapa político del país; pero las tensiones y dificultades de ambas cuestiones, que tienen que ver con la herencia de lo dado y no con la falta de voluntad transformadora, no nos hacen perder de vista el desafío político que tenemos por delante.

Como supo decir Scalabrini Ortiz para otro momento histórico:

«Hay muchos actos y no de los menos trascendentales de la política interna y externa del Gral. Perón que no serían aprobados por el tribunal de ideas matrices que animaron a mi generación… En el dinamómetro de la política esas transigencias miden los grados de coacción de todo orden con que actúan las fuerzas extranjeras en el amparo de sus intereses y de sus conveniencias… No debemos olvidar en ningún momento -cualesquiera sean las diferencias de apreciación- que las opciones que nos ofrece la vida política argentina son limitadas. No se trata de optar entre el Gral. Perón y el Arcángel San Miguel. Se trata de optar entre el Gral. Perón y Federico Pinedo. Todo lo que socava a Perón fortifica a Pinedo, en cuanto él simboliza un régimen político y económico de oprobio y un modo de pensar ajeno y opuesto al pensamiento vivo del país».

Como el candidato procesado del PRO tiene su propio Pinedo, ni siquiera es necesario cambiar el apellido Macri por el del viejo don Federico para encontrar la orientación política que puede vacilar frente a tanto odio destilado.

Las impúdicas manifestaciones de mentira, violencia y negación de la voluntad popular exhibidas en Tucumán por la oposición política y la cadena nacional de medios privados no van a detenerse, y reclaman de nosotros mucha atención y participación protagónica porque están insertas en un plan maestro de desestabilización que excede nuestras fronteras. Pero también son el síntoma de la descomposición y la impotencia de una propuesta minoritaria que busca una sociedad excluyente.

Lo que los mueve es no poder aceptar que las mayorías populares, esos «otros» que no entienden y desprecian, son los protagonistas de la consolidación democrática del rumbo ratificado desde el 25 de mayo del 2003.