*Por Yair Cybel

Entre tantas otras vulnerabilidades preexistentes, la pandemia dejó al descubierto la necesidad de garantizar el acceso a un derecho humano fundamental: el derecho a la información. La concentración, la extranjerización y la convergencia en el mercado de las comunicaciones en Argentina han generado que unos pocos grupos mediáticos concentren la mayor parte del espectro en nuestro país.[1]

Pese al avance que supuso la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (LSCA) en materia legislativa y de debates políticos, el amplio campo de los medios de comunicación populares adolece aún de un balance acertado y crítico que permita barajar, dar de nuevo y promover una agenda ofensiva en el campo de las políticas de comunicación.

Partimos de una premisa clara: junto con las falencias en su aplicación y las deudas que puedan endilgarse -y que le corresponden- al Estado para ejecutar una ley de avanzada como la LSCA, lo cierto es que los medios sin fines de lucro -por inexperiencia, falta de profesionalización o por las características propias de su surgimiento- no tuvimos el éxito necesario al momento de ir a reclamar los espacios que nos correspondían. Visto con el diario del lunes, la respuesta de nuestro sector -salvo contadas y honrosas excepciones- no llegó a colmar las expectativas que el tiempo histórico requería.

Pues bien, habiendo sanado (algunas) de las heridas, se hace necesario pensar en cuál debiera ser el programa de los medios populares en su afán de democratizar el acceso a la información, pluralizar las voces, disputar las categorías del pensamiento y construir nuevos medios, profesionales y sustentables.

El primer punto tiene que ver con la pauta: en 2020 y con el Frente de Todos al frente de la gestión gubernamental, el 72% del dinero repartido por el Estado quedó en manos de 25 grupos empresariales[2]. Mientras que el Grupo Clarín recibió 645 millones de pesos en pauta estatal, la gran mayoría de los medios populares cobran unos magros 30 mil pesos mensuales. El criterio de audiencia y porcentaje de mercado en la distribución de la pauta solo abona a replicar una lógica liberal de la política estatal: primero crecer para luego distribuir. Así como esa premisa falla en lo económico (en ningún lugar del mundo se corrobora la “teoría del derrame”) también se equivoca en lo político. Los medios populares necesitamos la federalización y democratización de la pauta para crecer y no viceversa (Un llamado urgente para la flamante Secretaria)

En segundo lugar: la agenda de cooperativización. Nuestros medios tienen que asumir un horizonte de sustentabilidad y para eso hay que hablar de una cosa: de finanzas. Tenemos que profesionalizar nuestras estructuras, mejorar nuestros flujos de trabajo, diversificar las fuentes de financiamiento y cooperativizar las iniciativas existentes. Por decisión política y por visión estratégica. Del portal o la radio a la cooperativa de trabajo. De la militancia (siempre un valor irremplazable) al trabajo autogestivo y rentado. Cooperativizar es la tarea.

Otro de los puntos que se vuelve necesario es unificar a las representaciones gremiales mediáticas del campo popular. En una confluencia que permita replicar la experiencia de la Coalición por una Comunicación Democrática, un funcionamiento confederado que unifique la vocería del sector, rejuvenezca los debates y permita poner en valor nuestro máximo diferencial: la generación de empleo. Somos una porción de la economía que genera contenido, produce valor agregado, construye comunidad y crea empleo. La necesidad de pensar una figura que aglutine a los medios se vuelve urgente, tanto para debatir con un gobierno aliado como para confrontar con uno que no lo sea.

Por último, pero no menor, dentro del horizonte de trabajo de los medios populares necesitamos retomar la agenda de la unificación de contenido. Comenzar a trabajar líneas comunes, instalar temáticas, unificar abordajes, consolidar referencias de los sectores más postergados. ¿El horizonte? Un gran grupo mediático popular, por su agenda y por su modo de trabajo, por sus definiciones políticas más que por mera oposición. Un conglomerado que comparta ideas, estructurado en base a un programa y no solamente por antagonismo a los medios concentrados.

El tiempo histórico nos ha mostrado que el apellido alternativos sirvió para una etapa, pero que la discusión ahora es por convertirnos en hegemónicos. Hay experiencias de medios populares que funcionan como faro y sino basta con mirar a Brasil: Midia Ninja, Jornalistas Livres o Brasil do Fato, experiencias de primer nivel, con trabajo territorial y capacidad de disputar agenda. Eso sí: no nacieron de un repollo, fueron fruto de una fuerte apuesta (e inversión) estatal por parte de un proyecto político convencido de la necesidad de avanzar sobre O Globo para fortalecer la democracia.

Sin ir tan lejos, en nuestro país contamos desde hace décadas con una sólida experiencia de organización en federaciones y redes de medios populares. Parafraseando a Rodolfo Walsh, debemos erigirnos sobre el acumulado de esta historia para evitar empezar una nueva lucha de cero, separada de las anteriores. Una ofensiva que parta del plafón construido para dar el salto cualitativo en organización que nuestro sector demanda.

La tarea es tan necesaria como urgente. El debate está latente y prefigura una mejor democracia. Convencer y persuadir entonces, desde los medios populares hasta los sindicatos. Desde las organizaciones territoriales hasta la academia. Necesitamos un esquema fortalecido de comunicación popular en Argentina. Y se hace a mano y sin permiso. Hacia allí vamos.


[1] https://desinformemonos.org/nuevo-mapa-de-medios-2021-alta-concentracion-y-mercado-extranjerizado-en-argentina/

[2]  https://www.lanacion.com.ar/economia/pauta-oficial-2020-como-fue-reparto-4704-nid2587068/

*Presidente de la Cooperativa El Grito del Sur - Integrante de la Red de Medios Digitales 

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