*Por Alberto Calvo

Como ciudadanos y ciudadanas de a pie asistimos con asombro al espectáculo del desdén que nos prodiga una clase dirigente que, distraída de sus auténticas responsabilidades políticas, sólo parece enfocarse en una agenda mezquina de pujas discursivas y turnos electorales.

Nos envuelve un frenesí de gruesas inconsistencias, que no pueden considerarse meros errores de cálculo. Acciones improvisadas se intentan como parches, encima mal pegados. Al costado del camino van quedando, sin ser atendidos, los numerosos y profundos problemas estructurales.

Aunque de distinto signo político en sus orígenes y conformaciones, en las coaliciones que se van a presentar próximamente en las urnas para intentar aumentar sus representaciones legislativas subyace una concepción generalista y superficial, acrítica.

Las campañas previas a las elecciones de septiembre y noviembre ya se perfilan al peligroso ritmo de la hostilidad permanente. Nos atrapa esa lamentable costumbre perceptiva que todo lo intenta resolver a través de una lógica binaria: el culpable es siempre otro.

El desasosiego es la única zona liberada, pero liberada de virtudes y soluciones, por la que deambula una ciudadanía que ya no se siente interpretada por quienes conducen. El futuro ha dejado de planearse con entusiasmo, hoy es sólo motivo de preocupación o pesimismo.

Se montan escenas con acusaciones cruzadas, argumentos de ocasión que vagan campantes en las adyacencias de lo innecesario. Las situaciones apremiantes, en tanto, quedan al desnudo: ideas como bienestar o progreso han caído en desgracia y nadie les tiende una mano.

Los contendientes no traen en sus alforjas novedades para destacar. Sin darse por aludidos, repitiendo sin hondura «estar abocados a una salida ordenada de las problemáticas en este un momento crucial», sólo aportan caras (y obviedades) de circunstancia.

En las barriadas populares, a esas conductas se las reconoce de lejos. Allí hay ejercicio de memoria y no será cualquier discurso el que perfore la incredulidad. Incluso la mejor maquillada campaña proselitista no despertará simpatía genuina.

Se hablará de vacunas, de las que se pagaron al contado y las que llegaron en cuotas. De los fallecidos en la pandemia, del trabajo perdido, de la escolaridad en crisis. Habrá caminatas, selfies, pintadas.

Habrá mucha dedicación para re-establecer nombres y apellidos en lo alto de la boleta: con tanto tapabocas impuesto por la pandemia se deberá revertir cierto efecto «tapacaras». Todo un desafío de diseño de la teatralidad política, en tiempos en el que los contagios no cesan.

Pasan, y pasarán, las candidaturas. Pero los dramas de exclusión persisten. Se agravan. Como país, como sociedad, venimos de un ocaso tras otro y ahora nos interpela este momento excepcional. Crítico. Punzante. Corrosivo.

Un dirigente social, alma mater de una ciudad azotada con frecuencia por las inundaciones, dijo con lucidez que el problema no es tanto cuando el agua todo lo invade, sino cuando baja. Allí se ve el desastre.

La oportunidad es, hoy, responsabilidad. La responsabilidad ineludible ante la pobreza. 

*Responsable de Relaciones Institucionales de Colsecor Cooperativa Ltda.

*La siguiente columna de opinión fue tomada del sitio Redacción Mayo.

Editor Ansol

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