*Por María Florencia Rodríguez

Sin duda la pandemia provocada por el COVID 19 trastocó todos los órdenes de la vida cotidiana y evidenció con fuerza las desigualdades sociales estructurales. Frente a este escenario, las cuestiones de la vivienda y el hábitat no fueron una excepción. Las denuncias de Ramona Medina sobre la falta de agua en la villa 31 y su posterior fallecimiento a causa del COVID; la toma de predios en la localidad Guernica por familias -en su mayoría mujeres a cargo de sus hijes- con historias de desarraigos y desalojos previos en piezas informales de alquiler; y la conmoción social tras la desaparición por días de la niña M -que dejó entrever la situación social y habitacional de muchos niños y niñas que viven en la calle-; son algunas de las historias que de manera cruda visibilizan en tiempos de pandemia lo que pocos quieren ver.

La vivienda digna es uno de los derechos básicos necesarios para la reproducción ampliada de la vida de todo ser humano. A nivel internacional existen un conjunto de normativas, tratados, convenciones y protocolos que dan reconocimiento a la vivienda como un derecho humano. Todo reconocimiento formal y jurídico es importante porque brinda un marco legal de protección, sin embargo no es un instrumento en sí mismo suficiente para garantizar su concreción. Es necesaria la instrumentación y aplicación de políticas públicas orientadas a brindar herramientas materiales, técnicas y sociales que promuevan y garanticen el acceso a las personas al hábitat digno.

Las historias inicialmente señaladas nos hablan sobre las desigualdades urbanas preexistentes pero también sobre las limitantes de las políticas habitacionales. La villa 31 carece de provisión de infraestructura de saneamiento y agua potable a la vez que el GCBA impulsa la reurbanización del barrio con anuncios de “integración social y urbana”. Las tomas de predios expresan una complejidad histórica sobre la dificultad del acceso al suelo urbano en una dinámica caracterizada por fuertes privatizaciones y concentración de la tierra para el desarrollo de emprendimientos inmobiliarios. La situación de mujeres en la calle a cargo de sus hijos/as, desprovistas de toda protección social, sin oportunidades de empleo y expuestas a consumo problemático dan cuenta de un escenario habitacional cargado de múltiples vulnerabilidades. Pero hay algo más. Por si no pudimos notarlo, en cada una de estas historias se hacen presentes mujeres de carne y hueso que atraviesan situaciones muy complejas de criticidad socio-habitacional. Estas historias también nos invitan a pensar el rol significativo que tienen las mujeres en las estrategias habitacionales y comunitarias. 

Históricamente, ellas  desempeñaron un rol clave en los procesos de producción del hábitat popular. En la territorialidad de la vida cotidiana es posible observar esa relación entre género y los procesos de urbanización, donde el barrio, la comunidad vecinal y el hábitat constituyen escenarios en que las mujeres se involucran y despliegan roles, estrategias y luchas (Massolo, 1999). Frente a la situación de pandemia, las mujeres se han visto en la responsabilidad de atender con mayor urgencia una gran cantidad de cuestiones que implicaron no sólo las resoluciones de las necesidades del hogar sino también las tareas de cuidado colectivo, habitacional, de seguridad alimentaria y socio-sanitaria. Desde el proceso de toma de un predio con menores a cargo, hasta la necesidad de resolver las necesidades alimentarias y de servicios, las mujeres despliegan cotidianamente redes y prácticas conjuntas para hacer frente a esta situación. Numerosos relatos de vecinas residentes en las villas de la Ciudad de Buenos Aires evidencian que son ellas quienes cargan los baldes de agua debido a la falta de provisión estatal de los servicios urbanos, las que trabajan activamente en los comedores para facilitar el acceso a un plato de comida a otras vecinas y niñes del barrio, las que buscan insumos y medicamentos cuando hace falta; las que construyen espacios de redes colectivas y de contención.

En resumen, son ellas, a quienes les recae el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado (no reconocido en muchos casos). Estas formas de participación femenina expresan la capacidad de resistencia de las mujeres pero también visibiliza la sobrecarga de responsabilidades, bajo una estructura donde las formas en que se experimenta la ciudad entre hombres y mujeres no sólo es diferencial sino profundamente desigual (Soto Villagrán, 2016). 

El momento que transitamos invita a repensar estas cuestiones en torno a las políticas habitacionales: ¿Qué políticas de hábitat se están implementando? ¿Dónde está la voz de estas vecinas, y colectivos de la diversidad en las intervenciones públicas en clave territorial? Sabemos que es necesaria la intervención del Estado para atender estas cuestiones, aunque también hemos podido comprender que con el Estado solo no alcanza. Es importante rescatar y recuperar las experiencias y las prácticas desplegadas por los propios colectivos, quienes residen, habitan y sienten ese lugar: su hábitat. El hábitat como sustantivo requiere de su verbo el “habitar”, y el habitar en tanto “acto de habitar” se refiere a un producto “vivo” que deja marcas, huellas, arraigos; se adapta a la vida de las familias y a las transformaciones del contexto, e implica una relación afectiva entre el/la habitante y el lugar donde se encuentra (Ortiz, 2012).

Las situaciones de estas mujeres, y de las diversidades sexuales,  dan cuenta de la necesidad de pensar en procesos más participativos, horizontales, y también autogestivos que permitan, a la luz del ciclo de la vida social y comunitaria, dinámicas más integrales donde la cuestión habitacional sea incluida en sintonía a la vida educativa, sanitaria, económica, y cultural. Un proceso colectivo consciente que impulse la equidad de género y la reproducción ampliada de la vida en clave más amorosa, cuidadosa y emancipadora.

*Socióloga, docente del Instituto Universitario de la Cooperación (IUCOOP), investigadora CONICET en el Instituto de Investigaciones Gino Germani y el Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini

Editor Ansol

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