*Por Leticia Gómez

El cooperativismo desde sus orígenes más profundos tiene siete principios. Y hoy me gustaría hacer eje en el 7mo: Preocupación por la comunidad. Ese valor que piensa la vinculación de las cooperativas con la comunidad en su forma de trabajo. Si uno parte de entender los principios en un carácter territorial, situado, de arraigo y pertenencia; y considera la composición democrática de las unidades de la economía solidaria, comprende que son todos elementos que deberían tender al mejoramiento de las condiciones de vida de sus socios, miembros, y que impactan en el conjunto de la comunidad.

Hay que reivindicar la concepción humanista, la de pensar la comunidad en términos de igualdad. ¿Qué comunidad no va a ser mejor si pensamos en eso? Eso implica decisiones concretas, por ejemplo, combatir la concentración económica y monopólica con el desarrollo de las comunidades de forma autónoma. Construir la Patria empujada por las organizaciones que la componen, con fuerte identidad en el mundo del trabajo.

Transitamos desde hace tiempo una fuerte crisis a nivel mundial que tiene que ver con el proceso de concentración económica, globalización, -y todos los ion- que lo único que han generado es un alto grado de exclusión social, una economía de descarte; descarte de personas, con nombre, apellido y vidas que han ido modificando estructuralmente el mundo del trabajo. Cuando pensamos en este, mayoritariamente, pensamos en un anclaje vinculado a la empleabilidad, a la relación de dependencia -un sistema en crisis- pero donde se concentra, si se quiere, luchas históricas del movimiento obrero, y las conquistas de derechos. Este retroceso y crisis tiene que ver, justamente, con las condiciones de empleabilidad hoy.

Por otro lado, hay una economía relacionada al trabajo formalizado, desde el sector asociativo y autogestivo, que en los últimos 20 años han generado paulatinamente condiciones de ingresos, tanto desde el cooperativismo como desde el mutualismo. Eso genera casi el 10% del Producto Bruto Interno argentino hoy.

Finalmente, tenemos un último subsegmento del mundo del trabajo, un emergente social no sólo en Argentina ni en la región, sino a nivel mundial, como lo asume Francisco, que son las y los trabajadores de la economía popular. Una economía basada en el trabajo de quien generó su propio ingreso. Esto no sólo tiene que ver con la falta de formalización, porque en la informalidad de la relación salarial faltan derechos también –el trabajo en negro-, pero hay una relación de empleabilidad. En ese segmento lo que necesitamos y buscamos es generar los mecanismos para que ese trabajador o trabajadora sea absorbido por los convenios colectivos de trabajo.

Pero este nuevo emergente (la economía popular) del que hablamos y es importante conocerlo y fortalecerlo, es un sector que ha ido generando su propio ingreso. Un sector que surge de las realidades más comunitarias, de supervivencia, de producción de poca escala, pero que tiene un impacto del 25, 30% de la Población Económicamente Activa (PEA). Por eso hay más de 2.200.000 de personas ya anotadas en el Registro Nacional de Trabajadores de la Economía Popular (ReNaTep), y pensamos que hay mucho más, apenas van 6 meses de desarrollo del mismo.

Tenemos que consolidar una alianza histórica en el campo popular. Y es entre la Economía Popular y la Economía Social tradicional del cooperativismo y el mutualismo, para que nuestra Patria a lo largo y ancho del país se desarrolle y encuentre condiciones de mejora que disfruten as próximas generaciones. De abajo hacia arriba.

Hay distintas herramientas para desarrollar esta alianza: venimos pensando en diferentes  convenios dentro del Estado, desde municipios hasta ministerios, donde incorporamos a las cooperativas de trabajo y vivienda, a las organizaciones sociales, y también a las mutuales. Poder integrar fideicomisos, suscribir acuerdos que integren actores y donde un Estado presente sea garante del proceso. O bien a partir de otras herramientas, desarrollar y extender una política con las proveedurías de alimentos en todo el país: integrando las organizaciones productoras de alimentos de la economía popular con el cooperativismo y el mutualismo; así no sólo impactamos en los costos y los precios de la economía sino discutimos directamente qué consumimos.

Necesitamos unir los intereses de los trabajadores y trabajadoras para que la única división que importe tenga que ver con el trabajo y la producción. Debemos cambiar la matriz del carácter dependiente de nuestro país para cortar las consecuencias de la concentración, dependencia y extranjerización de nuestra economía.

*Vocal
del Directorio del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social
(Inaes)

Editor Ansol

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