*Violeta Boronat Pont[1]

Entre la multiplicidad de consecuencias asignables a la pandemia, advertimos que se ha convertido en un acelerador de procesos de visibilización de desigualdades; en general y, en particular, de las desigualdades de género. Cuidados, acceso al trabajo registrado, violencias en todas sus formas:  constituyen entre otras, caras de la desigualdad.

Para adentrarnos en la idea de aceleración a la que hacíamos referencia, resulta emblemática la crisis de los cuidados y, más significativo aún advertir que está siendo generalizadamente considerada como crisis, recién a partir de hacerse carne en cuerpos no acostumbrados a sostenerla.

La cuarentena requirió que los espacios privados e invisibilizados de los hogares se hicieran también espacios laborales, escolares, recreativos; ámbitos de tiempo completo y espacio único para todos los y las convivientes. Allí se hizo inocultable la cantidad de tareas, carga mental y tiempo que todes -y las mujeres, en cantidad triplicada-aportamos al sostenimiento de esos espacios que llamamos hogar.

De acuerdo a las estimaciones del Ministerio de Economía respecto del Trabajo de Cuidado No Remunerado (TDCNR), en condiciones habituales -esto es, sin pandemia- las mujeres de nuestro país dedicamos 96 millones de horas al año de trabajo gratuitas a las tareas del hogar y los cuidados; un 75% más que los varones. Las desigualdades persisten en todos los grupos, considerados por quintil de ingreso -y, como sabemos, las mujeres en condiciones más vulnerables aportan la mayor cantidad de horas a las tareas de cuidado para sus propios núcleos y para otros hogares, en esquemas de trabajo altamente precarizados.

Hoy, vemos y podemos nombrar estas situaciones, gracias a procesos sociales preexistentes al covid-19. La irrupción del virus ocurre en sociedades atravesadas por unos debates alrededor de las desigualdades de género en la mayoría de los ámbitos en que desarrollamos nuestras vidas. Podría decirse y con razón que esta afirmación no es igual para todas las sociedades, que en algunas ni siquiera alcanza a una conversación mientras en otros lugares, como el nuestro, se han convertido en políticas de Estado; que los alcances son bien diferentes, incluso en una misma región o país y que la desigualdad es uno de los temas entre multiplicidad de luchas de mujeres, colectivos lgtbiq+ y todes quienes queremos construir sociedades sin privilegios discriminantes. Hechas estas insuficientes aclaraciones, recuperemos -y celebremos- la preexistencia de un debate público y privado, colectivo y personal alrededor de las reglas de juego que hacen del género -y más aún de nuestro sexo biológico de nacimiento – la carta principal para definir nuestras existencias. 

Esta lectura podría hacernos pensar que estamos en un camino llano y directo hacia la igualdad de géneros, como si la historia nos llevara hasta allí irremediablemente: unas sociedades movilizadas, unos saberes compartidos y una situación extrema e inesperada que pone de relieve la cuestión. Sin embargo, la historia nos enseña cuánto puede retrocederse, cuántas campañas, cuántas políticas de Estado fueron generadas para sostener un orden social preexistente.
El regreso de los soldados en la segunda guerra mundial y la forzosa invitación a las mujeres a dejar los espacios de trabajo y ocuparse del hogar, la obsesión por la pulcritud del ama de casa en la dictadura franquista, son ejemplos más que elocuentes. No se trata de fenómenos del pasado, cabe remarcar que hace décadas asistimos también a ofensivas conservadoras -desde el poder eclesial en diversos credos, el poder del capital y el poder militar- que atacan sistemática y sistematizadamente a esa fuerza constituyente, la fuerza de los feminismos, en términos de Verónica Gago[1].

Es por ello que no queremos volver a la normalidad, seguiremos alertando sobre la construcción de una “nueva y transformada normalidad”.

La perspectiva de género como asunto organizacional

En este marco, ¿cómo construimos horizontes de posibilidad para las transformaciones por las que luchamos; cómo hacemos para la transformación, incluso de nuestros propios espacios de trabajo, producción y militancia? ¿Con qué contamos?

En palabras de la Ministra del primer Ministerio de las Mujeres, género y diversidad, contamos con “…el reconocimiento de parte del Estado de las desigualdades e injusticias respecto a los géneros (…) que pone a la lucha contra el machismo en un lugar prioritario de la agenda de gobierno”[2].

Contamos con colectivos de mujeres e identidades diversas, organizades. Construimos lazos – con matices sobre los que iremos ahondando oportunamente, dada la necesidad imperiosa de fortalecer los entretejidos de nuestras redes-. Tenemos un entrenamiento consciente en nuestras organizaciones para no eludir el conflicto ni la discusión y asumirlos como inherentes a la dinámica colectiva. Contamos con muchos compañeres reflexivos y reflexivas, dispuestos a la revisión -incluso de los propios privilegios.

Y nos autoproclamamos feministas.

Advertimos y celebramos esta declaración pública en actos, paneles y documentos, pero recordamos que el lenguaje no crea realidades ni cambia prácticas, aun cuando la posibilidad de enunciar constituye una expresión del pensamiento, nos configura, habla de quiénes somos y de cómo queremos ser.

Autoproclamarnos como organizaciones feministas requiere transformaciones internas sobre las que se asientan nuestras organizaciones, evitando la tentación de reducir los cambios a enunciados, de subsumir la democracia de géneros al principio de democracia interna (pero) tal como lo concebimos hasta ahora.  

Asumir una perspectiva de géneros requiere incorporarla como un asunto organizacional, ya no reactivo a la demanda, como una cruzada individual, feminista, de minorías, de mujeres. Se trata de construir planes de acción sistemáticos que nos permitan -volvamos a la metáfora- analizar el juego y por sobre todo, revisar las propias reglas sobre las que se asienta, para que nuestra suerte no dependa de la carta que nos tocó al nacer.

Las organizaciones de la economía social y solidaria somos responsables y podemos ser protagonistas de la transformación.
En eso estamos.


[1]  Gago, V (2019) La potencia feminista. Ed Tinta Limón. Buenos Aires, p.209

[2] Ministerio de las Mujeres, Género y Diversidad (2020). Plan Nacional de Acción 2020-2022. Buenos Aires. p. 8



[1] Magister en Administración Pública; Licenciada y Profesora en Ciencias de la Educación (UBA). Secretaria de Desarrollo Institucional del Instituto Universitario de la Cooperación (IUCOOP)

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