*Denise Kasparian

Como parte de procesos globales, pero también de acuerdo con especificidades regionales y locales, en nuestra sociedad ha tomado protagonismo un discurso que pondera el ímpetu emprendedor de las personas. Según sus predicadores/as, este espíritu se trataría de una aptitud individual que se constituye en factor decisivo de la innovación. Desde esta perspectiva, la innovación podría equipararse a los cambios en las tecnologías digitales. Basta recorrer artículos en medios de comunicación o prestar atención a campañas publicitarias para empaparse de las historias de éxito individual detrás de start-ups, apps y demás soluciones digitales a necesidades y deseos de los más variados.   

Existen críticas a esta visión del mundo que no nos resultan novedosas. Sabemos que la capacidad de emprender depende de múltiples variables sociales, culturales, económicas y políticas. También que, en todo caso, la proactividad individual requiere de políticas públicas que la apoyen y sostengan. Tampoco es un hecho desconocido que la innovación y el crecimiento orientados al buen vivir de las mayorías depende de la consolidación de un sistema científico-tecnológico y universitario nacional, más que de voluntades emprendedoras.

Un rol protagónico de la economía social

Ahora bien, en los últimos años varias nociones propias del cooperativismo y los movimientos de resistencia al capitalismo han sido retomadas por los discursos del emprendedurismo y la innovación. En su libro Lo tuyo es mío, Tom Slee demuestra que detrás de las ideas de colaboración, sustentabilidad y comunidad, así como de la promesa de convertirnos en microemprendedores/as con control sobre nuestras vidas, asoma un capitalismo más avasallante que nunca. En este marco, el cooperativismo y la economía social y solidaria deben asumir un rol protagónico, (re)creando discursos y prácticas alternativas, como siempre lo han hecho.     

Genéricamente, una innovación refiere a un proceso de cambio que introduce novedades. Frente a las crisis del capitalismo, las experiencias del cooperativismo y la economía social, solidaria y popular de los dos últimos siglos han configurado, en muchos casos, resistencias orientadas a la construcción de alternativas tanto económicas como sociales, políticas y culturales. En suma, han generado continuas experimentaciones de cambio social, es decir, innovaciones. No se ha tratado de transformaciones producidas por impulsos individuales, emprendedores o filantrópicos destinados al mercado, sino de innovaciones colectivas nacidas de luchas sociales.  

A nivel global, asistimos a la emergencia de las plataformas. Éstas son infraestructuras digitales que permiten la interacción entre distintos grupos de usuarios/as. Nick Srnicek postula que el capitalismo de plataformas se centra en la extracción y el uso de un tipo de materia prima, los datos, cuya fuente natural son las actividades de los usuarios/as en tales entornos digitales. Dentro de este tipo de empresas encontramos desde los cuatro gigantes tecnológicos (Google, Amazon, Facebook y Apple) hasta start-ups como Airbnb y Uber, pasando por empresas líderes industriales y agrícolas. Los últimos datos disponibles, producidos por CIPPEC, BID Lab y la OIT señalaban que en el 2018 las plataformas digitales ocupaban a 160.000 trabajadores en la Argentina.

Estas reconfiguraciones del capitalismo plantean renovados desafíos para el campo del cooperativismo y de la economía social y solidaria. Bajo el manto del discurso del emprendedurismo y la innovación, las plataformas avanzan sobre derechos laborales, consolidan monopolios y ponen en jaque la seguridad de nuestros datos. Al presentarse como meras intermediadoras entre usuarios/as, varias de ellas basan su modelo de negocios en la precarización del trabajo y el incumplimiento de legislaciones nacionales.

Cooperativismo de plataformas

Frente a esto, el cooperativismo de plataformas es un movimiento cada vez más potente a nivel mundial. Las plataformas cooperativas se basan en el software libre y en modelos de propiedad y de gestión democráticos e igualitarios. Por esto, tal como afirma Trebor Scholz –uno de sus promotores–, se trataría de plataformas orientadas al beneficio de muchos/as –y no de unos/as pocos/as– que serían capaces de reformular los conceptos de innovación y eficiencia. ¿Cómo diseñar tecnologías de distribución y comercialización de productos y servicios de la economía social que no reproduzcan sin más las infraestructuras conocidas? ¿Qué modos organizativos pueden asegurar la participación democrática de la diversidad de usuarios/as que integran las plataformas? ¿De qué formas el cooperativismo puede poner en valor sus idearios y prácticas en plataformas innovadoras que sean eficientes en términos de generar mayores grados de igualdad, justicia social y solidaridad en nuestra sociedad? Éstos, entre algunos otros, representan los desafíos emergentes del cooperativismo de plataformas.

*Docente del Instituto Universitario de la Cooperación (Iucoop) y de la Universidad de Buenos Aires. Investigadora del CONICET con sede en el Instituto de Investigaciones Gino Germani (Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires) y del Centro Cultural de la Cooperación.

Editor Ansol

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