*Gustavo Sosa

El pasado 15 de marzo el editorial del diario La Nación se tituló “Economía popular, otra fantasía socialista”, un furibundo libelo en el cual, tomando como base expresiones formuladas por Daniel Menéndez, actual Subsecretario de Promoción de la Economía Social, se denosta a la economía popular y el rol del Estado en la generación de trabajo.

Así, en la nota se señalan cosas que no escapan al común conocimiento de la ciudadanía (como que el Estado requiere de fondos para llevar adelantes sus políticas), se ensalza a la economía privada y al sistema basado en la acumulación de capital actualmente imperante poniendo como contracara del mismo a la economía popular. El pensamiento del editorialista queda totalmente expuesto en esta frase de antología: La economía popular es su antítesis (de la economía basada en la acumulación de capital): funciona en forma artesanal, dirigida por expertos en movilizaciones, sin tener capitales y sin dar empleo formal. No contribuye a los gastos colectivos, sino que los aumenta, pidiendo subsidios. Es el sistema que prevaleció en el mundo antes de los telares mecánicos y la máquina de vapor. Y aún puede verse en Sudán, Malawi y Burundi, además de en algunos países más cercanos, que han decaído por su rechazo a las libertades personales y la propiedad privada, como Cuba, Nicaragua y Venezuela”.

El editorial claramente le habla a su gente, incorporando en la ensalada todos los supuestos condimentos del Mal juntos (socialismo, subsidios, Cuba, lo artesanal!!!, etc). Algo así como “Civilización o Barbarie”. Pero debemos convenir que la línea editorial de La Nación es coherente: ni el editorialista (ni sus antecesores) mantuvieron miradas muy distintas a todo aquello que no fuera el sistema basado en la acumulación del lucro, la especulación financiera y el rol totalmente subsidiario del Estado en el escenario económico. También para ellos las cajas de crédito cooperativas, El Hogar Obrero, las cooperativas de trabajo y empresas recuperadas, los clubes de barrio y pueblo, la agricultura familiar, las organizaciones de comercialización y consumo solidario, entre otras experiencias, fueron, son y serán utopías “fantasía socialista”.

El cooperativismo y el mutualismo “tradicional” no deben creer que están fuera de esta apreciación, el Editorial incluye a Charles Fourier entre la gama de personajes supuestamente autores de mecanismos o pócimas siempre fracasados”.

El hecho que no sorprenda aún encontrar todavía manifestaciones tan malintencionadas y desconocedores de la realidad de la economía popular, social y solidaria (para que vean que en La Nación no todo es así dése una vuelta por las cuentas de Twitter y Facebook de la asamblea de los trabajadores del diario) tiene que llevarnos a profundizar las prácticas sustentadas en la reciprocidad, la ayuda mutua, la democracia y el asociativismo. Queda claro que cuando desde esos espacios hablan de “fantasía” no están haciendo otra cosa que expresar su propios miedos.

Si a la fecha de escritura de este artículo (26/03/2020) no hubiéramos tenido mayores novedades el comentario de cierre sería la sorpresa por la escasa reacción de la dirigencia del sector asociativo y solidario ante ese editorial (dejando a salvo, nobleza obliga, el derecho a réplica solicitado por el Lic. Eduardo Fontenla al diario). Pero 11 días transcurrieron y todo ha cambiado diametralmente: estamos la mayoría recluidos en nuestros hogares por cuarentena, abrazarse y besarse se ha convertido en sinónimo de riesgo de vida, nos lavamos las manos en forma casi obsesiva, etc.

Entonces la respuesta a ese lamentable editorial ya no es necesario llevarla al papel sino que se está dando en los hechos en el territorio: allí están entonces esas “fantasías socialistas” abriendo las puertas de los clubes para instalar camas, las cooperativas de trabajo textiles confeccionando barbijos y ropa para profesionales de la salud, las cooperativas de cuidados de adultos mayores procurando continuar brindando sus servicios de calidad y con la responsabilidad que las distingue, las empresas sociales y cooperativas sociales en el ámbito de la salud mental, de acompañamiento de consumos problemáticos y de personas en situación de calle sosteniendo a quienes se encuentran en extrema vulnerabilidad, las mutuales adoptando medidas para la protección de la población de riesgo, las organizaciones de comercialización y consumo solidario llevando alimentos e insumos de primera necesidad a sus asociadas y asociados, las organizaciones sociales y los “curas villeros” sosteniendo comedores populares, etc.

Queda nuevamente claro que las organizaciones de la economía popular, social y solidaria son factores de desarrollo local, no se deslocalizan y son vitales para momentos de emergencia, como los que actualmente estamos viviendo.

*Integrantes del CEES/UNTREF y presidente de la Comisión Dcho. Cooperativo, Mutual y de la ESS – Asociación de Abogados de Buenos Aires.

Editor Ansol

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