*Juan Manuel Rossi

Desde los tiempos de Aristóteles y hasta en las tradiciones más humanistas y cristianas de la actualidad, se proclama que la razón de ser de la política está en el bien común. Existen quienes piensan que esta definición es engañosa, ingenua o falaz. Cada uno lo analizará desde sus prejuicios, pero nada ni nadie ha podido demostrar que una sociedad pueda tener un destino si se clausura la noción de “interés general”, aquello que nos define como sujetos viviendo en un espacio social compartido.

FECOFE ha tenido una muy clara determinación de su rol como organización sectorial, desde lo agrario y desde lo cooperativo: recrear la POLÍTICA (con mayúsculas) en su universo de acción. A las diferencias de intereses particulares que dividen, expulsan y matan, le oponemos una “razón ética” que no implica desestimarlos,
sino conectarlos con la posibilidad de ser realizados, concretados. Lo que deviene en conflictos y consensos.

Por el negocio de unos pocos se ha instalado la idea de una fractura social a la que llaman “grieta”. Que será interpretada de mil maneras. Según interesadas preferencias. Se trata de un dispositivo naturalizado, enraizado como acervo cultural, que nos encorseta, nos oprime, nos paraliza como comunidad.

¿Acaso la diferencia de escala entre productores es una grieta? Sin embargo, hay una necesidad de protección de los más chicos. Los que gastan su dinero en el pueblo, los que dan trabajo local, los que propician el arraigo de los jóvenes. Entonces, el dilema es: un país híper concentrado donde los excedentes fugan sin pausa al exterior, o una nación que con su trabajo moviliza las fuerzas endógenas de la economía, con inversión productiva, agregado de valor, crecimiento, inclusión.

Unidad no es uniformidad

La forma efectiva que tienen nuestras organizaciones de perdurar y desarrollarse es en un marco de pluralidad, multiplicidad, diversidad. De respeto, no sólo por el que piensa distinto, también al que tiene un interés diferente. Porque nos hace humanos pero también viables, porque nos enriquece, nos construye en la realidad de lo real. Lo único que no ha de negociarse es la avaricia. Por miope, por ineficiente. El todo será así más que la suma de las partes. En ese “más” es que nos beneficiamos como grupo identitario, como nosotros.

Es una misión de nuestra Federación organizar dirigentes. El dirigente se diferencia de la “masa” por su grado de conciencia, por su prudencia, por su racionalidad, por ponerse más allá de toda emocionalidad odiosa y destructiva. Sea del lado que sea. El dirigente se sacrifica por el bien común, por su gente. Y respetando su territorio, su comunidad, su patria. Que no es más que respetar a su familia, a sus vecinos, a sus colegas. Y también al otro.

Vamos a ir para adelante. Con todos los que quieran democratizar la decisión y, en consecuencia, los recursos productivos. Por mayores posibilidades de desarrollo. No hace falta que estos objetivos sean en detrimento del medio ambiente, de los jubilados, de los trabajadores, de los niños. De los más vulnerables –vulnerados-.

Al contrario, nuestra visión es ligar el mundo agropecuario con la agregación de valor, la elaboración de alimentos y los canales de distribución que los acercan al consumidor. Poniéndole el cuerpo a la emergencia. Si en serio queremos que no haya hambre, nuestra producción deberá saciar a los hambrientos.

Quien no tenga esta sensibilidad hará su propio examen de conciencia, pero no tendrá las cualidades para ser dirigente. Por lo menos no de los nuestros.

Y el Estado es indispensable para esta tarea. Siempre lo fue. Siempre intervino, nada más que en ocasiones lo hizo a favor del trabajo y la producción, y en otras a favor de la especulación y la concentración. Cada uno podrá sacar conclusiones respecto de quién o cuándo lo han hecho mejor o peor. Lo que ponemos en evidencia es el concepto: el Estado siempre intervino.

Lo que no quiere decir que vayamos a “mantener vagos” ni nada de eso que vulgarmente escuchamos. Se trata de incorporar el elocuente precepto de San Agustín: «justicia es dar a cada quien lo que le corresponde». Y a nosotros también nos “corresponde” en la medida que cumplamos con nuestro trabajo como productores, ciudadanos y dirigentes cooperativistas.

Frecuentemente, la codicia de conquistar un estatus superior en la valoración social, nos aferra a una identidad enraizada en la diferenciación con un otro amenazante. Enmascarada como ariete del desprecio. La cristalización de identidades polarizadas por el odio es el enemigo a vencer, impiden nuestro despliegue colectivo. Nos limita.

Construir nuevas pertenecías simbólicas –y por lo tanto políticas- no es más que resignificarnos en una identidad no excluyente, por amor a lo que somos y no por el encono al que suponemos inferior. En honor a ello, no confundir cuáles son los verdaderos holgazanes, parásitos y oportunistas.

*Presidente de Fecofe

Editor Ansol

Ver todos los posts

Deja un comentario

¿Escuchaste el
Micro Radial
de Ansol?

Disponible en:

  • Spotify Podcasts
  • SoundCloud

¡SUSCRIBITE A NUESTRO BOLETÍN!