*Por Alberto Croce

Estamos en tiempos de cambios profundos y urgentes. La realidad es de una complejidad extraordinaria y a cada momento nos desafía y nos interpela desde diferentes ángulos. 

No podemos ser indiferentes y mirar para otro lado. Los desafíos están allí: delante nuestro, a nuestro lado, nos rodean abrumadoramente

El planeta no resiste que lo sigamos maltratando irresponsablemente. El agua, el aire, la tierra no pueden procesar ya tanto desprecio por parte de los seres humanos y, en particular, de los más grandes y poderosos para los que parece no haber límites reales en su ambición consumista y destructiva. No sólo grita Greta desde la plaza de parlamento sueco. Gritan millones de adolescentes y jóvenes en todo el mundo. Hay que parar esta locura. 

La desigualdad se profundiza y la pobreza extrema se encarniza con los más débiles y desposeídos. La sufren sobre todo lxs niñxs, lxs adolescentes, las mujeres, los pueblos originarios, quienes sufren enfermedades, quienes tienen alguna discapacidad…

Los gritos por la Pachamama y contra la desigualdad resuenan por todos lados, cada vez con mayor intensidad. Los bastones de las fuerzas de seguridad ya no son suficientes para acallar a los pueblos del mundo aunque sigan provocando muertes, desapariciones y genocidios. La ola de los pueblos que no toleran más a este “monstruo grande que pisa fuerte”, es cada vez más grande y no tendrá retorno. 

Mientras tanto, cada quien en su lugar, desde su “baldosa”, sigue y debe seguir luchando por el mundo que desea…  y viviendo en consecuencia. Esa lucha, aparententemente pequeña o insignificante, no lo es si está en conexión y comunión con la de los millones que están haciendo lo suyo. A veces parece que estos procesos no están conectados, pero no es así. El inmenso hormiguero está tan activo como no llegamos a imaginar.  

Nosotros, estamos convencidos de que nuestro lugar en esta lucha es trabajar desde la educación y, en particular, por Transformar la Secundaria. Y estamos ocupados en eso. 

Esta transformación tiene muchas dimensiones y se realiza en diferentes escenarios. 

Junto con otras organizaciones y miles de integrantes de distintas comunidades educativas, hemos identificado lo que hemos dado en llamar las 8 Banderas de la Transformación. Y las levantamos como estandartes de esta causa que nos compromete.  

Debemos conectar nuestra propia lucha -nuestra “causa”- con aquellas en la que la humanidad está empeñada y de las que no puede volverse atrás.

La escuela secundaria que se transforma es, además, una escuela secundaria que transforma. 

Transforma a sus estudiantes, a sus docentes y, a la comunidad en la que está inserta.
Por eso, como soñaría Paulo Freire, una secundaria en transformación es una comunidad con altísima capacidad política de transformación social. Y “la educación no cambia al mundo, pero cambia a los hombres que cambian al mundo” (Paulo Freire).

Desde Fundación VOZ estamos acompañando estos procesos de transformación que se están dando en las escuelas. Los estamos encontrando. Los vamos conociendo. Los estamos comunicando. Estamos aprendiendo de ellos. Buscamos fortalecerlos, valorarlos y compartirlos. La buena noticia es que las grandes luchas por las transformaciones también se están dando en el escenario escolar. Y es maravilloso poder observar sus avances y triunfos que pasan muy inadvertidos para los distraídos y burócratas.

Dentro de las luchas de los pueblos por transformar la realidad está el encontrar nuevas formas de economía que, a partir de actitudes colaborativas, logren que el bienestar sea compartido y que la producción de bienes y servicios sirva para que las comunidades vivan bien y no para producir sólo acumulación y fuga de capitales. 

En el mundo, la RIPESS (red intercontinental de promoción de la economía social solidaria) está impulsando un gran movimiento por las Economías Transformadoras. Este movimiento reúne hoy a las economías feministas o del cuidado, al movimiento agroecológico y por la soberanía alimentaria, a la Economías Social y Solidaria, a los “comunes”, al mundo de las finanzas y la banca “ética”, el cooperativismo y el comercio justo… 

Sin tener claridades absolutas sobre los caminos a recorrer, sabemos que necesitamos una economía diferente.  Economía que dé origen a una nueva visión del trabajo y de la identidad como trabajadorxs, a nuevas relaciones entre los actores económicos y una perspectiva que no separa la economía de los derechos humanos, la solidaridad, el cuidado del ambiente y la ética. 

Dice nuestro compañero Alberto Gandulfo: “En épocas de grandes crisis, la Economía Social y Solidaria (ESS) acontece, sucede, ocurre, se multiplica. Se organiza en forma silenciosa, horizontal, subterránea, casi invisible. Es una constante que se repite y multiplica en los barrios, en cada pueblo, en las organizaciones, entre los trabajadores que buscan nuevas respuestas ante la falta de trabajo y el recrudecido deterioro social.” 

O, como afirma también Cristian Felber, “el concepto de Economía del Bien Común (EBC) es una propuesta de desarrollo social y económico alternativo al neoliberalismo en la que priman los valores humanos y la ética, ante un capitalismo  que puso patas para arriba la economía. Es necesario un modelo basado en la sostenibilidad, la solidaridad, la cooperación y el reparto equitativo de la riqueza. El éxito económico no puede seguir midiéndose con indicadores monetarios, hoy necesitamos indicadores cualitativos”.

En las últimas décadas, las escuelas han sido sin duda transformadoras de la conciencia ambiental y han logrado comenzar a generar una nueva cultura del cuidado del ambiente, que ya vienen asumiendo, sobre todo, las generaciones más jóvenes, y que va presionando con mucha fuerza en sectores de poder, haciéndoles cambiar sus propias prácticas, decisiones y políticas. 

Buscamos ahora que las escuelas hagan algo similar respecto de las decisiones que tienen que ver con la economía. Es importante que cada escuela sea un núcleo transformador de la misma economía en los ámbitos en los que se desarrolla como actor social y local. 

Escuelas transformadas y transformadoras que favorezcan y promuevan economías transformadoras. 

Primero desde su propia identidad como institución. La Escuela tiene que mirar, en su propio consumo, a la economía social y popular y comprar producción local. 

También debe desarrollar herramientas que permitan que lxs niños, adolescentes y jóvenes, descubran y comprendan la importancia de consumir aquello que se produce en su propia comunidad y que se comprometan con el desarrollo de su territorio. Allí es donde viven ellos y sus familias. Allí deberán crecer, en entornos cuidados y solidarios. Tenemos que lograr que, desde cada comunidad educativa, poco a poco, se vaya comprendiendo que es la misma comunidad, el mismo barrio, el mismo pueblo… el que tiene en sus manos las decisiones que permitirán los cambios profundos que estos tiempos nos reclaman. Cada comunidad debe reasumir su protagonismo histórico y, desde esta perspectiva, resignificar y volver a dar un contenido  políticamente transformador al concepto de “emprendedorismo”, al que se lo vació de sentido y de destino. 

También debe establecer relaciones fuertes con empresas más grandes que en el propio territorio estén comprometidas verdaderamente con los principios de la Economía del Bien Común. 

Por ello, es necesario desde la escuela conocer el territorio, los productores, las potencialidades y posibilidades con que se cuenta. Conocer los recursos que se tienen y valorar los esfuerzos de quienes vienen ya trabajando en esta perspectiva. 

El futuro de la vida de la mayoría de nuestros estudiantes se jugará en sus propios territorios. Allí deberán desarrollarse, estudiar, trabajar, formar sus hogares. Sólo algunos tendrán trabajos con formatos parecidos a los que se construyeron en el siglo XX. Muchxs de ellxs tendrán que generar nuevos espacios laborales que sostengan sus hogares y aporten a la construcción de sus comunidades. O deberán incluirse en empresas pequeñas o medianas que quieran comprometerse con una economía que no desconozca los derechos humanos ni la protección de la casa común. 

Todos estos movimientos y estas propuestas de economías transformadoras también deben ir formando parte de la propia currícula escolar. Hay que enseñar y aprender sobre comercio justo y sobre soberanía alimentaria. Los estudiantes tienen que conocer cuáles son las problemáticas y desafíos que están por detrás de estos conceptos, cómo afectan a sus propios territorios y que consecuencias tienen para sus vidas y las de sus comunidades, quienes son los actores sociales involucrados. 

Debemos ser muy conscientes de que no estamos partiendo de cero. Muy por el contrario, alrededor de cada escuela y dentro de cada escuela, ya hay muchos militantes de estas economías transformadoras que, con mucho esfuerzo, están buscando otras formas y maneras de hacer ante el agotamiento de las propuestas que  hoy se imaginan hegemónicas e indestructibles pero, afortunadamente, no lo son. Familias de los estudiantes, docentes, auxiliares y hasta algunos estudiantes, ya son protagonistas de nuevas formas de producción y servicios que deben ser el natural punto de partida. Y hay también nuevos proyectos y empresas que intentan surgir con otros principios y con otras miradas. 

Para que esto que buscamos que suceda desde las escuelas sea posible, debemos proponernos desarrollar una auténtica “educación de calidad”, que enseñe a pensar, a conocer, a descubrir… y a transformarse. Con docentes que tengan la capacidad y la voluntad de sumarse a estos cambios verdaderos que impactarán en la vida de todxs. Para nosotros, la “educación de calidad” no es una opción. es la única alternativa. Pero no se trata de cualquier “calidad”. La “educación de calidad” que buscamos y necesitamos tiene que ver con una educación que se compromete con el futuro de las generaciones más jóvenes y de la sociedad en su conjunto. Los resultados que esperamos de esa “calidad” no se pueden pensar en perspectivas individualistas o beneficios personales. De ahí que la evaluación de la calidad en una perspectiva individual apunta a otros objetivos. La educación pública construye futuros en donde todxs tengan lugar, en los cuales todxs puedan ser protagonistas. La “educación de calidad” tiene que estar abonada por infinidad de valores que hacen a la solidaridad, la ética y el cuidado. No hay salida posible en otra dirección.

Esta es nuestra manera de levantar bien alto  la “bandera” de la Escuela Comprometida con su Territorio y su Comunidad. Como con cada una de las 8 banderas, queremos ir “a fondo”. Para que la transformación sea verdadera. Y sea una transformación que transforme. Lo que queremos es no conformarnos con modificaciones cosméticas ni superficiales. Quizás estas puedan marcar un inicio del camino. Pero estamos conscientes de que debemos ir mucho más allá. 

Este es el desafío. 
De estas cosas hablamos.
Por estas cosas trabajamos.

*Alberto César Croce es educador popular, maestro y secretario nacional de la Campaña Argentina por el Derecho a la educación.

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