*Por Eva Verde

Una realidad preocupante producto de las políticas económicas, la destrucción de la economía y del aumento de la desocupación ha generando que miles de familias estén en el borde de la subsistencia. Una realidad, que para ser cambiada, necesita ser abordada con políticas destinadas a dar respuesta al hambre en lo inmediato, y en otros plazos a generar trabajo y un modelo productivo sustentable.

En una Argentina con estadísticas propias de una guerra, donde la mitad de la niñez es pobre y el 10% indigente, la Emergencia Alimentaria fue aprobada por el Congreso. Queda por debatir partidas y plazos. Ahora, el debate que debemos darnos como sociedad es sobre el derecho al alimento.

Las películas de Hollywood dejaron de ser un entretenimiento de ciencia ficción, para ser la película de terror, que viven día a día de miles de personas. Llegó la guerra del hambre.

Lo que se pone en juego en esta guerra son los modelos de producción, comercialización y alimentación, mientras se impone la lógica del mercado, otros proponen la soberanía alimentaria.

Desde los sectores concentradores de riqueza, vienen implementando una estrategia que consiste en una tenaza, por un lado el desastre ecológico producto de la explotación de la tierra con fines de acumulación y, por otro lado, la concentración de la producción de alimentos. Mientras que el sistema capitalista destruye nuestro planeta, con la quema del Amazonas, saqueando recursos, envenenando tierras y aguas, aproximadamente 10 compañías transnacionales como Nestlté, Pepsico, Danone, Unilever y otras, concentran la producción mundial de alimentos que se venden en los supermercados.

Es ahí donde se puede dar una batalla importante, es necesario romper con la lógica del supermercadismo. Se ha instalado la falsa verdad, la ilusión, de que se elige ir al supermercado porque “hay de todo”. Se propone a estas grandes cadenas como una solución, cuando en realidad son los responsables de la destrucción de los pequeños comercios y de los mercados barriales.

El supermercado es a nivel local el representante de la concentración y el monopolio del consumo.

En cada barrio, antes había 5 o 6 negocios de alimentos, almacén, panadería, verdulería, fiambrería, carnicería, etc, donde ahora hay “un súper” que concentra el mercado del barrio. De esta manera, han exterminado a los pequeños comercios familiares y a los mercados barriles. Este modelo concentrador de la demanda y la oferta, que se reproduce exponencialmente y va destruyendo también a las pequeñas fabricas y PyMEs que surtían a los comercios de sus productos . Donde antes había una importante variedad de proveedores que abastecían a esos pequeños negocios, ahora hay un supermercado que concentra la compra en las grandes firmas, productoras de alimento empaquetado. Y que por otro lado ejercen con ese poder de compra monopólica, el ahogamiento a miles de pequeños productores, imponiendo condiciones insostenibles para muchos.

O sea, el consumo interno de alimentos queda concentrado. Siendo monopolio, se fijan precios de venta elevando las ganancias de las intermediarias, sin control. Ahí se encuentra una de las causas por las cuales la inflación de los alimentos se coloca, por encima de la inflación general. Los supermercados manejan el precio del alimento. En nuestro país, además, muchas cadenas de supermercados son de firmas extranjeras. Estas empresas trasnacionales, tienen metas de ganancias anuales que deben cumplir en moneda extranjera. Ante la caída del consumo interno y el aumento del dólar, necesitan elevar los precios para cumplir los objetivos.

Otro factor en la suba del precio de los alimentos es su relación directa con el valor internacional, los famosos commodities. Los grandes productores especulan con la siembra, acomodando su producción y venta a la exportación, en vez de producir y abastecer las necesidades de las mesas. Cuando quienes producen alimento en el país prefieren exportar antes que vender en el mercado interno, se produce un aumento en el precio de la materia prima en el mercado interno, como propone la ley de la oferta y la demanda.

La guerra del hambre, como cualquier otra guerra, es un conflicto donde se juegan intereses económicos. Argentina es un país que se sitúa en el ránking de los 10 países exportadores de alimentos. Eso no estaría mal, salvo por el pequeño detalle de que en ese mismo país, 1 de cada 3 ciudadanos no come las 4 comidas diarias; los niveles de pobreza rondan el 40%, la mayoría mujeres; la mitad de los niños y niñas son pobres y uno de cada 10 es indigente. Llama la atención que, mientras la emergencia alimentaria logra media sanción, con mucha presión de las organizaciones sociales, la exportación de alimentos no para de crecer. La venta al mercado internacional se incrementa año a año, demostrando su alta capacidad de producción, con una suba del 32% solo en el mes de julio, y un 41% en 2018. Queda en evidencia, que se puede producir para comer y exportar, solo es una cuestión de ordenar y organizar las prioridades.

El resultado de esta batalla campal son miles de ¨muertos de hambre¨ que son los desnutridos, malnutridos.

Además de la destrucción de la economía a pequeña escala, existe un problema asociado, el deterioro de la salud al consumir productos ultraprocesados. El consumismo y los tiempos de trabajo hacen que cambien los hábitos de alimentación . Esos alimentos que antes les consumidores producían por sus propios medios como salsas, dulces, conservas, jugos, etc, hoy se compran. Son productos que están repletos de químicos, enferman a la población, contaminan la tierra durante su producción, y contaminan con el empaquetado, beneficiando a escasas empresas.

Cuando se quiere comprar “alimentos” lo que se encuentra en las góndolas es una hilera de paquetes de plástico. Una góndola que miente y omite información respecto a los ingredientes que contienen. Muchos alimentos promocionados como ¨sanos¨ son parte de una publicidad engañosa. La mayoría son alimentos ultraprocesados a base de harinas refinadas, glucosa, químicos, azúcares, saborizantes y conservantes. Con esto logran que sean muy sabrosos y adictivos, pero son generadores de enfermedades como la obesidad, la presión arterial, la ansiedad y la diabetes.

Existe una perversa relación entre ingresos y necesidades básicas como el alimento.

La inflación en los alimentos el último año, supera el 60% y en algunos rubros el 80%. Teniendo en cuenta que quienes menos ingresos tienen, destinan mayor porcentaje de su ingreso a la compra de comida, la inflacion en los alimentos significa un doble golpe al poder adquisitivo de los que menos tienen. El monopolio de los alimentos, antes descrito, funciona como una transferencia directa de recursos, entre los sectores más olvidados y los grandes señores dueños de las góndolas mundiales.

Hoy en dia en la Argentina y en el mundo, los pobres se endeudan para comer y subsistir. Hasta las clases medias hacen uso de herramientas de financiación, para adquirir alimento, en estas grandes superficies de consumo. Es por eso que los grandes supermercados se han asociado al sector financiero, grandes campañas de fidelización, y publicidad segmentada están a la orden del día.

¿Qué puede hacer el Estado?

Hay que poner en práctica un modelo un abastecimiento popular. Promover el mercado interno acercando el alimento sano y a precios accesibles de productores a consumidores. Medidas que deberían venir después de atender la emergencia alimentaria y nutricional,y poner en práctica las medidas tan necesarias para dar una respuesta inmediata al hambre y la alimentación.

Algunas organizaciones sociales, van haciendo algunas prácticas prefigurativas. Desde el Frente Popular Darío Santillán y la misión Mecopo se lanzó la campaña Comer es un derecho. Con una canasta básica de 10 productos a 300 pesos. Aceite, leche, arroz, polenta, lentejas, entre los productos que una vez por semana estarán en los almacenes populares. El club de la leche , desde El Buen Vivir, una campaña que acerca 3 litros a 90 pesos, son ejemplos que demuestran que es posible llegar con una propuesta clara y contundente a las mesas de los sectores más castigados. Poniendo en evidencia la falta de voluntad política para dar soluciones concretas y reales. Lejos de las medidas mediáticas y trasnochadas como el pacto de caballeros y la reducción del IVA que quedaron en los titulares de los diarios y no llegaron a los barrios.

Desde este lado de la trinchera seguimos apostando por un modelo producto del consenso, con una visión a largo plazo, donde todas las partes puedan beneficiarse y desarrollarse, donde el beneficio sea para la mayorías, donde el Estado ejerza su papel de articulador, regulador y redistribuidor garantizando el derecho a la alimentación.

Hasta que el modelo de producción y abastecimiento no sea garantizado, la mejor estrategia del campo popular será reproducir miles de focos de producción, abastecimiento y alimentación sana, a precio justos para productores y consumidores, algo así como una guerra de guerrillas, por la soberanía alimentaria.

*Eva Verde es responsable de la Misión Mecopo (Mercado de Consumo Popular) del Frente Popular Darío Santillán.

Editor Ansol

Ver todos los posts

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

¡SUSCRIBITE A NUESTRO BOLETÍN!

Agencia de Noticias Solidarias