*Por Andrés Ruggeri

El acuerdo firmado con la Unión Europea por los gobiernos de Mauricio Macri y Jair Bolsonaro (llevando a la rastra a los gobiernos de Paraguay y Uruguay y sin siquiera consultar al quinto miembro del Mercosur, Venezuela) han sido analizados ampliamente como desastrosos para nuestra economía desde cualquier óptica que no sea la de los neoliberales y la base mediática y política de apoyo gubernamental.

Se trata de un ruinoso tratado de “libre comercio” que busca hacer irreversibles las tendencias que las políticas del macrismo han venido instalando para consolidar la reconstrucción de un país oligárquico con una mera actualización del modelo primario del siglo XIX.

En consecuencia, busca profundizar la concentración del poder económico en un puñado de corporaciones ligadas a la extracción simple de materias primas agropecuarias, ciertos sectores de la agroindustria, la exportación energética y de algunos minerales de creciente demanda para la tecnología de última generación, junto con una preminencia del negocio financiero sin barreras y sin límites.

Está más que claro que esto no solo nos condena a la casi desaparición a la industria y el comercio pyme, como ya es costumbre en las políticas neoliberales impuestas en diferentes etapas en nuestro país, sino también a grupos industriales hasta ahora poderosos vinculados a la obra pública y ciertas grandes industrias, que hasta la “causa (fotocopias de) cuadernos” habían sido parte fundamental del bloque de poder en la Argentina y que empiezan a perder su lugar de preferencia frente a los intereses corporativos arriba mencionados.

Se cae de maduro también, a esta altura del debate, que los grandes perdedores van a ser los sectores populares y, entre ellos, la economía autogestionaria, cooperativa y popular.

Este vasto espectro de expresiones de la economía surgida desde el trabajo, en algunos casos con décadas de implantación, en otros surgidas a partir de la resistencia a la destrucción permanente de puestos de trabajo y a la modificación regresiva de la relación capital-trabajo, es fuertemente vulnerable a los cambios de la matriz productiva y la dinámica socioeconómica.

Con la tendencia que marca el gobierno y que busca consolidar con este tipo de acuerdos, la economía de los trabajadores y trabajadoras será fuertemente afectada y condenada a la sobrevivencia en el “emprendedorismo” y el sometimiento a formas cada vez más refinadas de precarización a través de la falsamente llamada “economía colaborativa”. Por supuesto, esto puede darse de todas maneras de continuar la hegemonía neoliberal, aun si no se logra aprobar definitivamente el acuerdo Mercosur-Unión Europea.

Esto último es por el momento bastante probable: el propio gobierno reconoce sotto voce que no va ni a intentar pasar por el Congreso el acuerdo para su ratificación, y también desde los países de la Unión Europea empezaron a surgir fuertes cuestionamientos (incluso en las economías más fuertes, como Alemania y Francia) que hacen prever un difícil tránsito hacia la aprobación.

El proceso puede tomar varios años, y eso llama la atención sobre el hecho de que el apuro de Macri para firmar cualquier cosa que los europeos le pusieran por delante tiene un gran porcentaje de efectismo electoral. Si el tratado llevaba veinte años de infructuosas negociaciones, era porque uno de los bloques (o ambos) tenía que ceder demasiado para llegar a un texto viable. Si bien Macri estaba dispuesto a entregar prácticamente todo lo que pidieran, era Brasil el que se negaba a avanzar desde el Mercosur.

La llegada al poder del fascista ultraliberal Bolsonaro destrabó cualquier objeción por parte del gigante sudamericano, cuya política económica está en manos de un fundamentalista de mercado que sobrepasa todos los límites hasta ahora imaginables en la política brasileña, Paulo Guedes. Macri sobreactuó, pero como parece norma, su papel se limitó a aceptar lo que Brasil estuviera dispuesto a ceder. Esta vez, el nuevo Brasil de ultraderecha cedió todo.

En relación al Mercosur, la firma del acuerdo mostró también la definitiva expulsión de Venezuela, por lo menos mientras tenga un gobierno bolivariano. Venezuela fue suspendida del bloque regional (y de casi cualquier instancia supranacional) en el marco de la estrategia de la derecha latinoamericana y del gobierno de los Estados Unidos tendiente a destruir el gobierno de Nicolás Maduro por cualquier medio. En los hechos, el país caribeño no forma ya parte del Mercosur, ni siquiera el presidente designado por la oposición y reconocido por casi todo occidente fue objeto de consulta alguna (lo que solo hubiera realzado su ilegitimidad y nulo poder) y el acuerdo fue firmado por cuatro gobiernos del bloque sin siquiera mencionar la existencia del quinto miembro.

El último aspecto que vamos a destacar es la aparente contradicción al seguidismo que ambos gobiernos ejercen puntillosamente de las políticas de Donald Trump. Era impensable que Bolsonaro fuera presidente cuando el actual mandatario yanqui accedió al poder, pero el violento viraje que éste dio con respecto a las políticas de Barack Obama dejaron a Macri en una situación más que incómoda, no solo por haber apoyado sin ningún tacto a su rival Hillary Clinton en la campaña, sino porque la adhesión a los proyectos de megatratados de libre comercio que impulsaba Obama era una de las principales esperanzas del macrismo en materias de tratados internacionales. Mauricio Macri dijo en varias oportunidades que quería sumarse al Tratado Trans-Pacífico, uno de los dos megacuerdos de libre comercio que impulsaron tanto Obama como Bush como forma de consolidar las líneas maestras de una economía neoliberal a escala mundial (el otro era el TTIP, entre los Estados Unidos y la Unión Europea).

Prácticamente lo primero que hizo Trump al sentarse en la Casa Blanca fue dar de baja esos acuerdos largamente negociados por sus antecesores, y forzar a Canadá y a México a una brutal renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. No fue más que el preludio de la política “proteccionista” del actual presidente yanqui y de la “guerra comercial” con China. Mientras tanto, a través de herramientas de presión por fuera de lo económico, es decir, políticas e incluso militares, los norteamericanos han ido debilitando a los BRICS, incluyendo dentro de esa estrategia el golpe contra Dilma Roussef, la prisión de Lula y el triunfo de Bolsonaro (entre otros factores de política interna y regional, por supuesto). La política de subordinación del macrismo a los intereses de las grandes corporaciones y del capital financiero mediante la incorporación en los términos más arrastrados al TPP sufrió un duro golpe, al cual debió acomodarse a través de un papel muy poco digno con respecto a Trump que solo rivaliza con las “relaciones carnales” del menemismo.

Desde este punto de vista, el acuerdo con la Unión Europea es una suerte de recuperación de la intención original de volver irreversible la reestructuración de la economía y la sociedad argentina a través de la subordinación a alguno de los megatratados de libre comercio. Aunque por ahora solo son fotos, humo y fuegos de artificio mientras no haya ratificación parlamentaria (en nuestro país y en el resto del Mercosur y la UE), si Mauricio Macri logra su reelección no cabe ninguna duda que va a acelerar el camino hacia la disolución de la actual economía argentina en las tinieblas del “libre comercio”, a través de este o del tratado que le quede a tiro.

*Antropólogo. Director de la revista Autogestión para Otra Economía, titular del Programa Facultad Abierta y secretario de Empresas Recuperadas de Fedecaba.

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