*Por Carla Degliantoni y Malena Hopp

El 8 de marzo es el día internacional de la mujer trabajadora, donde se conmemora la lucha y muerte de las trabajadoras de la fábrica Cotton (Nueva York, Estados Unidos), las cuales al quedarse allí encerradas por decisión del dueño de la fábrica, mueren producto del incendio de la misma.

Desde ese trágico día no solo las recordamos por sus terribles muertes, sino por las reivindicaciones que sostuvieron y hoy siguen vigentes: la reducción de la jornada laboral, la igualdad salarial por las mismas tareas y mejores condiciones de trabajo.

101 años después ¿qué pasa con las mujeres y su participación en el mercado de trabajo argentino? En nuestro país las mujeres representamos el 51% de la población total, pero cuando miramos los datos del mercado de trabajo, menos de la mitad de aquellas que están en edad de participar del mismo, logran acceder.

Si nos detenemos a mirar los indicadores para las personas que efectivamente participan del mercado laboral, las mujeres con empleo son un 44% versus un 64% de sus pares varones.

Además, en el caso de la desocupación y el subempleo, las mujeres también estamos sobrerrepresentadas. El primer indicador expresa la cantidad de personas que participan del mercado de trabajo y que buscan activamente un empleo pero no lo encuentran y el segundo aquellas que tiene un empleo de menos horas de las que quisieran. La tasa de desocupación femenina es del 11% versus un 8% para los varones, y la tasa de subocupación del 14% y 10%.

Siguiendo con el análisis de la situación de desigualdad persistente, encontramos que el empleo no registrado también afecta más a las mujeres, alcanzando el 37% contra el 32% de los varones.

¿Por qué las mujeres participamos menos y en peores condiciones en el mercado de trabajo? ¿A qué se debe que estemos subrepresentadas en indicadores como tasa de actividad o empleo y sobrerrepresentadas en el trabajo no registrado, la desocupación o el subempleo?

En las sociedades capitalistas, el concepto de “trabajo” se asocia a toda actividad laboral que se realizan fuera del hogar y es remunerada. En cambio, aquellas tareas indispensables para la sostenibilidad de la vida que se realizan en los hogares, sin percibir ningún ingreso a cambio,  no se contabilizan ni se consideran un “trabajo”.

Estas tareas no remuneradas que ocurren habitualmente en la esfera privada (aunque también en el ámbito comunitario a partir de la colectivización de la resolución de necesidades), no se distribuyen de manera equitativa entre varones y mujeres, y mucho menos entre aquellas personas con mayor poder adquisitivo respecto a las de menores ingresos.

En 2013 se realizó en Argentina por primera, y única vez, la encuesta del uso del tiempo. La misma nos permite saber cómo se distribuye el tiempo que se destina a las tareas no remuneradas y remuneradas. Sus resultados nos permiten ver en números, cómo es esa desigual distribución y nos ayudan a entender por qué las desigualdades de género persisten, generando mayores dificultades para la inserción laboral y peores condiciones de vida para las mujeres.

Casi un 89% de las mujeres realizan el trabajo no remunerado dentro de los hogares, mientras que en el caso de los varones, sólo lo hace el 68%. Si llevamos este porcentaje a cantidad de horas, en promedio las mujeres destinamos 6,4 hs. por día a este tipo de tareas, versus 3,4 hs. promedio diarias en el caso de los varones. ¡Nosotras destinamos el doble de tiempo a este tipo de actividad!

Cuando hablamos de trabajo no remunerado nos referimos a la limpieza, el cuidado, cocinar, hacer las compras, lavar la ropa, entre otras actividades asociadas habitualmente a lo femenino. Esta situación se produce a partir de la construcción social de los roles de género y de una división sexual del trabajo que nos impone la responsabilidad de llevar a cabo este tipo de tareas.

Además de dedicarle el doble del tiempo y quedarnos muchas veces sin poder gozar de un tiempo de ocio, de un tiempo para nosotras mismas, estas tareas son denostadas y consideradas de menor valor social que el trabajo que se realiza para el mercado.

Esta forma de asignación de roles de género, se observa también si analizamos en qué sectores de actividades nos insertamos mayormente las mujeres: 6 de cada 10 lo hace en el sector de servicios (comercio, salud, educación, trabajadoras de casas particulares), con menor reconocimiento social y remuneraciones más bajas.

A la feminización de ciertos sectores productivos debemos sumarle la dificultad a acceder a puestos jerárquicos, de mayor responsabilidad y remuneración. El 72% del los cargos de dirección en el sector privado, están ocupados por varones. En el sector público, este porcentaje es del 58%.

Ambas formas de segregación laboral repercuten en el salario que percibimos las mujeres, generando la brecha promedio de ingreso que en la Argentina es del 27%.

No es posible pensar una igual y equitativa participación de las mujeres en el mercado de trabajo, sin pensar en lo que ocurre dentro de los hogares, las regulaciones del mercado y las políticas del Estado. La desigual distribución de las tareas no remuneradas es un construcción social y cultural, que puede y debe ser transformada. Resulta imprescindible llevar adelante políticas públicas que pregonen por la igualdad y la construcción de roles de géneros que rompan el sistema heteropatriarcal. Para ello, la unidad y la lucha de los transfeminismos es indispensable.

Por eso, este 8M nos encuentra organizadas y llevando a cabo el tercer paro internacional de mujeres, lesbianas, trans, travestís y no binaries. Los ojos están puestos en el movimiento feminista  de la Argentina. Tenemos más de un siglo historia, con 33 Encuentros Plurinacionales de mujeres, lesbianas, trans y travestis.

Este movimiento, muchas veces invisibilizado y denostado, se fue fortaleciendo en lo cotidiano, fue creciendo y hoy cuenta con una masividad y visibilidad sin precedentes a lo largo y ancho de nuestro territorio.

El 13 junio de 2015, con la primer movilización del #NiUnaMenos y durante el 2018 con la marea verde que acompañó en las calles, en los trabajos, en las escuelas, en las casas la discusión parlamentaria por la legalización de la interrupción voluntaria del embarazo fueron dos momentos clave de la consolidación de este movimiento, de la presencia en las calles y la instalación de nuevas demandas en la agenda pública.

Este año seguimos luchando por mejores y más igualitarias condiciones de trabajo, pero también por el aborto legal y su acceso gratuito en todos los sistemas de salud.

El 8M gritaremos fuerte #NiñasNoMadres y #ParendeMatarnos. Porque en lo que va de este corto año fueron asesinadas más de 50 mujeres, lesbianas, trans y travestis.

Peleamos por nuestros derechos. Por eso, también le decimos BASTA al ajuste descarnado que lleva adelante el actual gobierno. El recorte presupuestario, los tarifazos y la crisis económica recaen más fuertemente sobre las mujeres, que somos las que salimos a “compensar” el dinero que no alcanza y la falta de servicios públicos y de cuidado.

¡Por todo esto, el #8M paramos!

 

Carla Degliantonni (CCC – Espacio de géneros)

Malena Hopp (CCC – CONICET – IIGG – UBA)

Nota: Las estadísticas públicas nacionales se construyen a través de la construcción de identidades sexuales, biológicas, heteronormativas, excluyendo y desconociendo a muchas otras identidades, entre ellas las disidencias sexuales e invisibilizando a grupos vulnerables como lo son las personas trans y travestis. Nos disculpamos por no salir de la dicotomía heteronormativa, pero lamentablemente la información pública nos limita analizar los datos desde los géneros varón y mujer.

 

Editor Ansol

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