*Por José Massón

Hace poco más de 20 años, el profesor universitario Horacio Potel se había comprado una computadora y la conectó a internet. A los pocos días, había quedado fascinado de las infinitas posibilidades que ofrecía una herramienta que era novedosa para él, de cómo podías distribuir textos, ensayos, sin ninguna restricción. Horacio era profesor de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires, y a partir de ahí empezó a fabricar lo que en sus palabras sería: su “obra más grandiosa”.

En aquellos tiempos estaba leyendo por segunda vez a Nietzsche y le pareció interesante poder traducir textos del filósofo que no estuvieran presentes en el país, y crear una página para poder divulgarlos. Así, empezó por seleccionar textos, traducirlos, los comentarlos, para generar lo que él decía era, “una biblioteca digital de libre acceso”. Primero hizo una página dedicada a Nietzsche, luego a Heidegger, y finalmente a Derrida. Con estos sitios, Potel se pasaba noches enteras leyendo textos, luego los traducía, en muchos casos los comentaba y finalmente los digitalizaba. Eran material de consulta ineludible para estudiantes de Filosofía.

Todo era felicidad, hasta que en el 2009, once años después de que arrancara con este proyecto, le allanaron la casa, porque la editorial francesa Minuit, que poseía los derechos de propiedad de algunos textos de Derrida, consideraba que el profesor estaba violando los derechos de propiedad intelectual. Le armaron una causa penal por incumplir la Ley de Propiedad Intelectual, que rige en nuestro país. De acuerdo con esa ley, en términos concretos, quien copia un CD de música, puede ir preso hasta seis años. Esto le pasaba a Horacio Potel en el 2009, a quien la editoria le trabó un embargo con la ayuda de la Embajada de Francia y la Cámara Argentina del Libro, por haber publicado textos de Derrida, que no se publicaban en nuestro país. La  Justicia le trabó un embargo de 40 mil pesos. En el año 2009, él contaba que su último recibo de sueldo era de 1300 pesos.

El juez que tenía la causa, hizo lugar al sentido común, y estableció que no había delito. Los sitios volvieron a estar online y un montón de estudiantes pudieron acceder a libros que de otro modo no iban a poder hacerlo.

La semana pasada supimos de su fallecimiento y le rendimos homenaje a ese luchador  por la cultura, que las leyes de propiedad intelectual entregan un monopolio a las empresas. La Ley de Propiedad Intelectual, fue creada en 1933 por el fundador del diario Clarín, Roberto Noble, y está lejos de estar adaptada al siglo XXI, porque quien fotocopia  un libro puede ir preso, quien copia un CD puede ir preso. La pregunta que nos hacemos quienes tuvimos la suerte de pasar por la educación superior es: ¿habríamos podido estudiar en la universidad sin esas fotocopias?